Sheinbaum sigue comunicándose a ratos como candidata de izquierda y no como jefa de Estado.
Por Miguel Camacho @mcamachoocampo
El domingo pasado la presidenta Claudia Sheinbaum estuvo en la final del Mundial en Nueva York. El viaje provocó revuelo y, como suele ocurrir en estos casos, aparecieron las reacciones más exageradas.
Lo primero hay que decirlo sin rodeos: hizo bien en ir. Se tomó la foto con Donald Trump, con el primer ministro de Canadá, con los reyes de España y con otros líderes. Había tensiones con la administración Trump, sí, pero Canadá también las tiene y aun así asistió. Era una foto que México necesitaba y la presidenta la consiguió. Hasta ahí el acierto.
El problema vino después. Sheinbaum habló de más. No necesitaba explicar paso por paso cómo decidió asistir al partido. Al hacerlo, ella misma abrió la puerta a las críticas que hoy circulan: que la presionaron, que Trump le tronó los dedos, que al final siempre terminan yendo.
Quedó atrapada en su propia narrativa. Primero dijo que el Mundial era un evento caro y elitista; incluso regaló sus boletos por esa razón. Después terminó en el estadio. Ahí apareció la contradicción. En comunicación política eso suele salir caro: dices una cosa, haces otra y luego intentas justificarlo. El resultado es simple: la gente deja de creerte o empieza a verte débil.
Y hubo otro error. La presidenta salió a justificar el uso del avión oficial. ¿De verdad era necesario? Los aviones presidenciales son una herramienta de trabajo, punto. Explicarlo como si se tratara de un lujo personal es regalarle munición a la oposición. Es como si un cirujano tuviera que aclarar por qué usa bisturí y no un cuchillo de cocina. Nadie se lo preguntaba hasta que él mismo puso el tema sobre la mesa.
El fondo del asunto es otro: Sheinbaum sigue comunicándose a ratos como candidata de izquierda y no como jefa de Estado. Ese tono le puede servir para la tribuna partidista, pero no siempre funciona cuando se gobierna un país.
Al final, asistir al Mundial no fue el error. El error fue la explicación. En política, muchas veces basta con una frase corta y firme: fui porque represento a México. Todo lo demás fue ruido.






