por Dominio Público | Abr 23, 2026 | Opinión
Porque cada vez que se niega lo evidente, no solo se pierde una discusión: se pierde credibilidad. Y la credibilidad, a diferencia de la narrativa, no se fabrica en una conferencia ni se corrige con un comunicado.
Miguel Camacho @mcamachoocampo
“No me ayuden compadres” o “mejor ayuda el que no estorba” son dos frases que la presidenta, Claudia Sheinbaum, debe estar repitiendo a sus colaboradores y equipos de comunicación luego de la cadena de hechos en los que “se les ha hecho bolas el engrudo”. En su afán por mantener la imagen inmaculada de la 4T, no solo construyeron narrativa: en varios casos terminaron negando la realidad… y la realidad, necia como es, terminó alcanzándolos.
Un estratega político, Xavier Domínguez, plantea una distinción interesante: en política se puede “mentir” —es decir, acomodar, encuadrar o dosificar la verdad—, pero no “engañar”, porque el engaño implica negar hechos verificables y, cuando se cae, el costo es mayor. Viendo los casos recientes, pareciera que alguien confundió una cosa con la otra.
La mujer que asoleó sus piernas en una de las ventanas de Palacio Nacional. Por días se dijo que el hecho no era cierto, que las imágenes eran producto de inteligencia artificial y que todo formaba parte de un complot de la derecha. Ante la evidencia, la propia presidenta tuvo que salir a reconocer que sí, que una funcionaria de Hacienda había decidido broncearse en pleno recinto histórico. Ahí no hubo encuadre: hubo negación. Y luego, corrección.
La presidenta intentó suavizar el asunto diciendo que no existía un reglamento que lo prohibiera y que ya se le había llamado la atención. Muchos se preguntaron por qué, si no había falta. La respuesta es más terrenal: faltó sentido común. Y, agregaría, sobró reflejo de negar primero y explicar después.
La fuga de hidrocarburo en el Golfo de México siguió un patrón similar. Durante semanas se minimizó o se negó el problema, hasta que Pemex terminó admitiendo que sí, que la fuga provenía de un oleoducto en el complejo Abkatún-Pol-Chuc. Otra vez: lo que se negó, resultó cierto.
Lo más desconcertante fue escuchar al director de la paraestatal decir que nadie le había informado. Por favor, durante dos meses el tema estuvo en la conversación pública. ¿De verdad nadie pensó en subirse a un avión y verificar? Por los hechos cesaron a tres funcionarios. A mi juicio, faltó uno: el director de Pemex.
En días recientes hubo un nuevo derrame, cerca de Puerto Progreso. Esta vez Pemex optó por admitirlo de entrada. Tal vez alguien entendió, aunque sea tarde, que es menos costoso administrar una mala noticia que negarla hasta que reviente.
El tercer caso es el accidente en la sierra de Chihuahua donde murieron dos agentes estadounidenses que, según medios de ese país, pertenecían a la CIA, tras un operativo contra laboratorios de drogas. La presidenta afirmó que no tenían información y que la estaban solicitando al gobierno estatal y a la embajada.
Aquí la duda es inevitable: si en el operativo participaron elementos del Ejército Mexicano, ¿nadie reportó la presencia de personal extranjero al alto mando? ¿De verdad la información no fluye en esa cadena? O peor aún, ¿se decidió no usarla de inmediato?
La estrategia, en este caso, fue arremeter contra el gobierno de Chihuahua. Otra vez, el reflejo: desplazar el foco antes que aclarar el hecho.
Y es aquí donde la distinción de Domínguez deja de ser teoría y se vuelve advertencia. En política, todos construyen relato, todos encuadran la realidad. Pero hay una línea —delgada, sí, pero real— entre acomodar los hechos y negarlos. Cruzarla no solo es un problema ético; es, sobre todo, un error estratégico.
Porque cada vez que se niega lo evidente, no solo se pierde una discusión: se pierde credibilidad. Y la credibilidad, a diferencia de la narrativa, no se fabrica en una conferencia ni se corrige con un comunicado.
La realidad puede incomodar, pero tiene una mala costumbre: siempre regresa. Y cuando regresa después de haber sido negada, cobra más caro.
Por eso, más que cuidar la imagen, habría que cuidar el método. Menos reflejo de negar, más responsabilidad de informar.
Porque en política, mentir —en el sentido de acomodar— puede ser parte del oficio. Pero engañar, negar lo que es, termina siendo una torpeza que se paga en público.
Y a juzgar por lo visto, el problema no es que no ayuden… es que ayudan mintiendo mal.
EN EL TINTERO
Siempre sí. Luisa María Alcalde deja Morena y se va como consejera jurídica de la Presidencia. Como decía mi mamá: ¿A dónde irá a parar la carrera Andy?
por Dominio Público | Abr 22, 2026 | Opinión, Principales
Morelos no está bien. Y pretender lo contrario no sólo es irresponsable, es ofensivo para quienes todos los días entierran a sus muertos.
Raúl García Araujo @araujogar
En Morelos la violencia dejó de ser noticia para convertirse en rutina, y lo más grave no es la frecuencia de los hechos, sino la insistencia del gobierno estatal por administrarlos desde el discurso, minimizarlos en los hechos y diluir su gravedad ante una ciudadanía que vive, todos los días, bajo la sombra del miedo.
Lo ocurrido en los últimos días no admite eufemismos ni matices. El asesinato de Brenda Kelly Analco Santanero, enganchada con una falsa oferta de trabajo y localizada sin vida días después, evidencia no sólo la brutalidad del crimen, sino la fragilidad absoluta en la que se encuentran las mujeres frente a redes delictivas que operan con impunidad.
La respuesta institucional, como ya es costumbre, llegó tarde. Siempre llega tarde.
A la par, la masacre en el bar “El Rincón de la Banda” en Ayala —ocho personas ejecutadas sin piedad— confirma que amplias zonas del estado están bajo control de la violencia.
No fue un hecho aislado, fue un mensaje. Y el mensaje fue claro: aquí no hay autoridad que contenga, ni estrategia que disuada.
Como tampoco la hay en Cuautla, donde un cuerpo decapitado fue abandonado en plena vía pública, con un nivel de saña que habla de la normalización del horror.
O en Temixco, donde un comandante de la policía fue asesinado a plena luz del día, elevando a diez el número de elementos de seguridad ejecutados en lo que va del año. Ni quienes deberían garantizar la seguridad están a salvo.
Mientras tanto, la zona oriente —Ayala, Cuautla— sigue hundida en una crisis de violencia que supera ya los cinco años, sin que los operativos, refuerzos militares o despliegues especiales hayan logrado cambiar la realidad. Los anuncios van y vienen. Los muertos, también.
En este contexto, los llamados de organizaciones civiles y del sector empresarial no sólo han sido ignorados, sino prácticamente despreciados. Se pide acción, se exige estrategia, se reclama presencia del Estado. Pero la respuesta ha sido el silencio, la evasión o, peor aún, la narrativa de que las cosas “no están tan mal”.
La gobernadora Margarita González Saravia tiene hoy una responsabilidad que no admite excusas. Gobernar no es administrar crisis desde el discurso, es enfrentarlas con resultados. Y esos resultados no están a la vista.
Tampoco lo están en el desempeño del secretario de Seguridad Pública, Miguel Ángel Urrutia Lozano, ni en el del fiscal Fernando Blumenkron Escobar.
Ambos han quedado rebasados por la realidad. Los homicidios no disminuyen, los feminicidios no se detienen y la percepción de inseguridad crece. No hay estrategia visible, no hay golpe de timón, no hay señales de control.
Y cuando un gobierno pierde el control de la seguridad, lo pierde todo.
Porque aquí el problema ya no es sólo la violencia desbordada, sino la negación sistemática de esa violencia. Es el intento constante de bajarle el volumen a una crisis que grita por todos lados. Es la peligrosa apuesta por simular normalidad en medio del caos.
Morelos no está bien. Y pretender lo contrario no sólo es irresponsable, es ofensivo para quienes todos los días entierran a sus muertos.
Al final, la crudeza de la realidad termina por exhibir lo que el discurso intenta ocultar. Y es ahí donde cobra sentido aquella frase que el expresidente Andrés Manuel López Obrador lanzaba sin rodeos: “hay maderas que de plano no agarran el barniz”.
Hoy, en Morelos, esa frase ya no suena a crítica política.
Suena a diagnóstico.
En Cortito: Nos cuentan que la reducción de delitos de alto impacto en Ecatepec no es sólo un dato estadístico ni un informe administrativo: es un movimiento político que busca reposicionar al municipio dentro del debate nacional sobre seguridad pública.
La presidenta municipal, Azucena Cisneros Coss, colocó sobre la mesa una caída del 36 por ciento en delitos como extorsión, robo de vehículo y robo a transporte en el primer trimestre del año, una cifra que, más allá de su valor técnico, tiene una lectura inevitable en el contexto mexiquense: demostrar que incluso en los territorios más complejos es posible revertir tendencias delictivas cuando hay coordinación y operación constante.
De acuerdo con cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, la reducción se detalla en varios frentes: 49 por ciento menos extorsión, 38 por ciento en robo de vehículo, 38 por ciento en robo a negocio, 27 por ciento en robo a transeúnte y 29 por ciento en homicidio doloso.
En términos fríos, se trata de una baja simultánea en delitos de alto impacto que, en otros contextos, suelen moverse de forma independiente.
La narrativa oficial sostiene que estos resultados derivan de la implementación territorial de la estrategia nacional de seguridad impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, con el respaldo del gobierno del Estado de México encabezado por la gobernadora Delfina Gómez Álvarez.
El énfasis no es menor: se trata de vincular un caso municipal con un diseño de política pública federal.
por Dominio Público | Abr 21, 2026 | Opinión
La inteligencia artificial no tiene prejuicios… tiene memoria. Decidí ponerlo a prueba.
Miguel Camacho @mcamachoocampo
Hace unos días escuché una frase que suena eficiente, pero es peligrosa: “con inteligencia artificial podemos hacer lo mismo con menos personas”. Suena bien… hasta que uno entiende el problema.
La inteligencia artificial sí facilita tareas, sí acelera procesos, pero no piensa: aprende. Y aprende de nosotros. Por eso necesita supervisión. No porque “se equivoque” sola, sino porque arrastra errores, prejuicios y distorsiones que vienen en los datos con los que fue entrenada. Las propias plataformas lo advierten: pueden contener sesgos.
Uno de los más discutidos es el de género. Algunos lo explican por la baja participación de mujeres en el desarrollo de estas tecnologías. Puede ser parte de la respuesta, pero no es toda la historia.
La inteligencia artificial no tiene prejuicios… tiene memoria. Decidí ponerlo a prueba.
Le pedí a ChatGPT que generara la imagen de una mujer colombiana de 30 años. El resultado: una mujer perfecta, de rasgos simétricos, piel impecable, sonrisa de catálogo. Una postal. Luego subí imágenes de mujeres colombianas reales, distintas, más cercanas, más… normales. La diferencia no fue técnica, fue otra cosa: la IA no retrató a una mujer, retrató una idea de mujer.
Entre el dato y el deseo, eligió el deseo.
Después le pedí la imagen de un hombre de 54 años con la cabeza rapada. La respuesta fue otra: un hombre firme, con presencia, en una oficina, con símbolos de poder a su alrededor. Nadie le pidió autoridad, pero la puso. Ahí estaba.
Entonces hice la prueba final: le pedí la imagen de una persona de 54 años con la cabeza rapada. No hombre, no mujer. Persona. La respuesta fue un hombre.
Ahí está el punto. No es un machismo intencional… pero el resultado se parece demasiado. Cuando no sabe qué elegir, la inteligencia artificial elige lo que más ha visto. Y lo que más ha visto —vale la pena decirlo— no siempre es lo más justo.
No inventa el sesgo: lo hereda, lo ordena y lo reproduce.
Por eso el debate no es solo quién programa la inteligencia artificial, sino qué mundo estamos digitalizando. Porque cambiar a los programadores ayuda, sí, pero no basta si los datos siguen contando la misma historia de siempre.
La IA es poderosa. Mucho. Pero también es un espejo incómodo. Nos devuelve no solo lo que sabemos, sino lo que damos por hecho sin pensar demasiado.
El riesgo no es que la inteligencia artificial piense por nosotros. Es que confirme, sin discutir, todo aquello que ya pensábamos… y nunca nos detuvimos a cuestionar. O peor: que lo normalice.
EN EL TINTERO
Y en el México real, están dejando sola a la presidenta Sheinbaum. La mañana de este lunes dijo que no sabían nada de un operativo en el que se desmantelaron dos laboratorios de drogas en Chihuahua, cuando hay fotografías que documentan la presencia de militares: ¿no sabían… o no le dijeron?
por Dominio Público | Abr 17, 2026 | Opinión, Principales
A diferencia del periodismo, donde existen reglas claras como verificar fuentes o contrastar versiones, en el mundo de los influencers esas prácticas no siempre están presentes. Muchas veces se prioriza la rapidez, el impacto o los “likes” por encima de la verdad.
Claudia Bolaños @claudiabola
Un estudio reciente de la UNESCO pone sobre la mesa un problema que ya es evidente: los influencers tienen la atención y la confianza del público, pero no siempre la responsabilidad de verificar lo que comparten.
Hoy, millones de personas se informan a través de redes sociales. Ven videos, historias o publicaciones y las toman como ciertas solo porque vienen de alguien a quien siguen. El problema es que, según este estudio, muchos influencers no revisan la información antes de difundirla. Es decir, comparten datos sin confirmar si son verdaderos.
Esto no es un detalle menor. Cuando alguien con miles o millones de seguidores publica algo incorrecto, el error se multiplica rápidamente. La información falsa no solo circula, sino que se instala en la conversación pública.
A diferencia del periodismo, donde existen reglas claras como verificar fuentes o contrastar versiones, en el mundo de los influencers esas prácticas no siempre están presentes. Muchas veces se prioriza la rapidez, el impacto o los “likes” por encima de la verdad.
Algunos dirán que los influencers no son periodistas. Es cierto, pero cuando informan, influyen. Y cuando influyen, tienen una responsabilidad.
No se trata de exigirles un título profesional, sino de pedir algo básico: revisar lo que publican.
Lo más preocupante es la combinación de alta confianza con baja verificación. La gente cree en ellos, pero ellos no siempre confirman lo que dicen. Ese es el verdadero riesgo.
Si los influencers quieren mantener la credibilidad que tienen, necesitan dar un paso adelante. Informar no es solo hablar frente a una cámara; también implica hacerse responsable de lo que se dice.
Y Sepa La Bola… pero la elección de 2027 ya está en marcha, aunque oficialmente no haya iniciado.
La renuncia de Citlalli Hernández y de la senadora Andrea Chávez no son hechos aislados, sino una señal clara de que el tablero político comenzó a moverse.
La presidenta Claudia Sheinbaum fue contundente: quien aspire, que deje el cargo. Y el mensaje no es solo ético, es estratégico.
En 2027 no se juega cualquier cosa. Se renovarán 500 diputados federales, 17 gubernaturas y miles de cargos locales.
Es, en los hechos, una elección de control territorial total. Morena llega con una ventaja amplia: una supermayoría legislativa que le ha permitido aprobar reformas constitucionales sin contrapesos.
Pero justamente ahí está el riesgo. Porque esta elección será un referéndum: continuidad o desgaste.
Mientras Morena opera con estructura, y figuras adelantadas como “coordinadores”, la oposición sigue atrapada en su dilema histórico: dividirse o sobrevivir juntos.
PAN, PRI y Movimiento Ciudadano aún no resuelven si competirán en bloque o cada quien por su lado, y eso podría costarles estados clave.
Pero hay algo más preocupante: la normalización de campañas anticipadas.
Hoy ya nadie se esconde. Funcionarios en funciones, operadores territoriales y aspirantes recorren estados como si ya estuvieran en campaña, mientras la autoridad electoral observa sin capacidad real de sanción.
La elección de 2027 no será solo de votos, será de control político. Y si algo queda claro desde ahora, es que el proceso ya empezó… y el que se duerma, pierde.
Y Sepa La Bola… pero la Fiscalía de la CDMX debe poner atención en posibles hechos fraudulentos, donde algunas mujeres simulan ser víctimas para aprovechar el movimiento feminista con fines de extorsión o para acusar falsamente a personas. Se trata de casos que, de comprobarse, podrían involucrar redes delictivas dedicadas a la extorsión o el fraude.
por Dominio Público | Abr 16, 2026 | Opinión, Principales
En Barcelona, los gobiernos progresistas buscarán algo más que una foto: definiciones.
Miguel Camacho @mcamachoocampo
El viaje de la presidenta Claudia Sheinbaum a Barcelona para la cumbre “Democracia Siempre”, junto a Lula, Petro y Pedro Sánchez, no es solo una foto. Es el intento de articular una respuesta común a un mundo que se descompone: desigualdad persistente, crisis climática y democracias bajo tensión.
Pero la pregunta es inevitable: ¿qué significa ser “progresista” en 2026? No es una etiqueta nueva, pero tampoco está claro qué implica hoy. Es una tradición que ha cambiado de piel y que, en América Latina, busca reinventarse.
El progresismo nació en Estados Unidos —sí, en Estados Unidos— como reacción a los excesos del capitalismo. A inicios del siglo XX combatió monopolios, corrupción y explotación laboral. Theodore Roosevelt lo decía sin rodeos: el gobierno no debía ser neutral, sino un instrumento para mejorar la vida de la gente. No era ideología abstracta, sino intervención concreta.
Con el tiempo, la idea evolucionó. John Rawls, en Teoría de la justicia (1971), planteó una prueba simple: diseñar la sociedad sin saber en qué lugar te tocará nacer. De ahí surge el “principio de diferencia”: la desigualdad solo es aceptable si beneficia a los más desfavorecidos. En otras palabras, no basta con abrir oportunidades; hay que equilibrar el punto de partida.
Jürgen Habermas añadió otra capa: la calidad democrática. Para él, votar no es suficiente. La democracia exige deliberación real: ciudadanos que discuten, medios plurales y decisiones basadas en argumentos, no en poder. Sin diálogo, la democracia se vacía. Y cuando el diálogo se sustituye por la descalificación, también.
Anthony Giddens intentó actualizar la fórmula: ni Estado omnipresente ni mercado sin control. Propuso un Estado inteligente que regule, invierta y proteja. “Políticas de izquierda con medios de centro”. Esa lógica ha influido en gobiernos como el de Lula. No se trata de destruir el mercado, sino de orientarlo.
Pero la política no es armonía. Chantal Mouffe recuerda que el conflicto es inevitable. La clave está en canalizarlo: unir demandas distintas —igualdad, medio ambiente, derechos— sin convertir la diferencia en odio. Ahí el progresismo mexicano enfrenta su dilema: construir mayorías amplias o profundizar la polarización. Y, a juzgar por el tono público, el equilibrio no siempre se ha logrado.
En Barcelona, los gobiernos progresistas buscarán algo más que una foto: definiciones. ¿Puede el progresismo ser eficaz, democrático y sostenible al mismo tiempo? ¿Puede combinar justicia social, instituciones sólidas y crecimiento económico sin caer en autoritarismo o en retórica vacía?
Sheinbaum llega con una paradoja. Por un lado, los programas sociales han tenido efectos visibles. Por el otro, el diálogo público y la transparencia han sufrido desgaste. Gobernar para el pueblo no es lo mismo que gobernar con el pueblo.
Al final, ser progresista en 2026 no es repetir consignas. Es dar resultados. Demostrar que el Estado puede mejorar la vida de las personas en un mundo que ya no cree en promesas.
Porque si no sirve para eso, no es progreso… es nostalgia.
EN EL TINTERO
Esta columna también se nutre de conversaciones y aprendizajes. Agradezco las ideas y provocaciones como las de mis profesores Valeriano Martínez, César Illescas y Rolando Chávez, que ayudaron a afilar varias de estas líneas.
La coalición gobernante hace agua rumbo a 2027. El Partido Verde ya empezó a moverse por cuenta propia.
Ayer escuché una frase muy precisa: “el Metro de la CDMX está llantas pa’rriba”. Cuesta discutirla.
por Dominio Público | Abr 15, 2026 | Opinión, Principales
Pensar en su salida, en este contexto, no solo resulta prematuro, sino poco lógico. Morena se encamina hacia los procesos electorales de 2027, donde la definición de candidaturas y la cohesión interna serán determinantes. Cambiar de liderazgo ahora implicaría abrir frentes innecesarios.
Raúl García Araujo @araujogar
Fallaron los pronósticos y se desinflaron los rumores. La narrativa sobre la inminente salida de Luisa María Alcalde de la dirigencia nacional de Morena no resistió el contraste con la realidad: ni hay relevo en puerta ni crisis interna que obligue a un cambio.
Lo que hubo fue una lectura precipitada —o interesada— de un movimiento político que hoy mantiene cohesión y rumbo.
La propia dirigente fue clara y directa: se mantiene al frente del partido y solo contemplaría dejar el cargo si así se lo solicitara la presidenta Claudia Sheinbaum para asumir una nueva responsabilidad dentro del proyecto de gobierno.
Es decir, no hay ruptura, no hay vacío de liderazgo; hay continuidad política y disciplina institucional.
Los rumores, además, intentaron construir la idea de divisiones dentro de Morena. Sin embargo, la respuesta fue contundente: el movimiento se mantiene fuerte y unido. No es casualidad.
La cohesión actual tiene raíces en la formación política que impulsó desde 2018 el expresidente Andrés Manuel López Obrador, quien apostó por una nueva generación de cuadros jóvenes con identidad ideológica clara.
En ese relevo generacional, Luisa María Alcalde es una pieza clave. Desde la Secretaría del Trabajo, donde impulsó Jóvenes Construyendo el Futuro —uno de los programas sociales más emblemáticos de la Cuarta Transformación—, hasta su paso por la Secretaría de Gobernación, su trayectoria ha sido ascendente, estratégica y constante.
Su llegada a Gobernación marcó un punto de inflexión: no solo operó la política interna del país, también consolidó un perfil de confianza dentro del movimiento.
Ahí comenzó a tomar forma ese relevo del que tanto habló López Obrador, y que hoy se traduce en una nueva camada de liderazgos con responsabilidades reales.
Esa lealtad política es hoy uno de sus principales activos. En un momento donde el liderazgo del movimiento recae en Claudia Sheinbaum, el respaldo presidencial ha sido explícito.
La presidenta no solo ha reconocido su trabajo, sino que la ha definido como parte de la nueva generación que dará continuidad al proyecto.
Además, Alcalde ha logrado posicionarse como una de las caras más visibles del partido. Su papel en la comunicación política de Morena la colocó en el centro de la narrativa pública, consolidando su presencia más allá de la operación interna.
Pensar en su salida, en este contexto, no solo resulta prematuro, sino poco lógico. Morena se encamina hacia los procesos electorales de 2027, donde la definición de candidaturas y la cohesión interna serán determinantes. Cambiar de liderazgo ahora implicaría abrir frentes innecesarios.
Por el contrario, todo indica que Alcalde forma parte de un grupo más amplio de nuevos liderazgos que ya perfilan el futuro político del país.
Junto a figuras como Omar García Harfuch, Roberto Velasco y Marath Baruch Bolaños, representan una generación que no solo administra el presente, sino que se prepara para disputar los espacios más relevantes en los próximos años.
La conclusión es clara: mientras algunos analistas insisten en adelantar escenarios, la realidad política va en sentido contrario. Morena no está en fase de fractura, sino de consolidación. Y en ese proceso, Luisa María Alcalde no se va; se afianza.
En Cortito: Nos cuentan que el Gabinete de Seguridad Nacional ya tiene objetivos definidos y rutas de acción claras.
Bajo el mando de Omar García Harfuch, la maquinaria de inteligencia y fuerza federal está enfocada en capturar a Johnny Hurtado Olascoaga y José Alfredo Hurtado Olascoaga, jefes de La Familia Michoacana.
Los reportes de inteligencia no dejan margen de duda. Ambos objetivos se mueven con relativa confianza entre San Miguel Totolapan y la franja limítrofe con el Estado de México, donde operan con casas de resguardo y redes de protección.
Ese margen de movilidad es justo lo que se busca romper con operativos simultáneos, presión territorial y vigilancia aérea.
El secuestro del alcalde de Taxco, Juan Andrés Vega Carranza, y su padre cambió el ritmo de la operación. Fue un desafío directo.
La respuesta no tardó: despliegue federal, coordinación con fuerzas estatales, presencia militar y uso de aeronaves. Resultado inmediato: víctimas liberadas. Pero el objetivo real sigue intacto: ir por los responsables.
La instrucción es clara y viene respaldada desde la presidencia de Claudia Sheinbaum: no administrar la violencia, sino golpear estructuras criminales.