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Hay que reconocerle a Javier Aguirre que logró infundir una mentalidad ganadora y unir a un grupo de hombres con historias, estilos y hasta egos distintos.

Miguel Camacho @macamachoocampo

México estuvo de fiesta el pasado martes. El motivo fue la victoria de la Selección Mexicana de Futbol frente a Ecuador en el Mundial 2026. En un partido de esos en los que ya no podían sudar más la camiseta, porque simplemente no había más qué sudar, se rompió una racha de 40 años sin ganar un encuentro de «ganar o morir», como dicen los especialistas.

¿Pero cómo se llegó a ese nivel de emoción?

Con entrega. Con esfuerzo. Con cada gol, cada atajada y cada carrera para disputar un balón. A lo largo de estos cuatro partidos empezó a repetirse una frase que terminó por convertirse en un mantra aspiracionista: «¿Y si sí?»

Pero, además de ser grandes futbolistas, los seleccionados comparten dos características. Todos tienen un objetivo muy claro: ganar. Y, quizá más importante, tienen un líder. Algo de lo que, por desgracia, hoy carecemos como país.

Hay que reconocerle a Javier Aguirre que logró infundir una mentalidad ganadora y unir a un grupo de hombres con historias, estilos y hasta egos distintos.

Eso es precisamente lo que no consiguen muchos de nuestros líderes políticos —léanse algunos integrantes del gobierno y de los partidos—. En lugar de unir a los mexicanos, buscan imponer su visión del país. Su prioridad sigue siendo conservar o conquistar el poder.

Mientras ese sea el objetivo y no llevar al país hacia un mismo destino, seguiremos empantanados, resolviendo problemas con parches y cinta adhesiva.

Después de darle vueltas al asunto, pensé que quizá ya es momento de cambiar el «¿Y si sí?» por otro reto: «¿Por qué no?»

¿Por qué no dejamos de culpar al pasado por los problemas que prometimos resolver?

¿Por qué no reconocemos lo que los demás hacen bien, incluso cuando se trata del gobierno?

¿Por qué no dejamos de defender lo indefendible?

¿Por qué no hacemos, simplemente, nuestro trabajo?

En la medida en que respondamos con honestidad esos «¿por qué no?», quizá también empecemos a cambiar el país.

EN EL TINTERO

Hoy quiero reconocer a la presidenta Claudia Sheinbaum por no haberse colgado como medalla propia el desempeño de la Selección Mexicana, algo que sí hicieron algunos de sus correligionarios en redes sociales, donde aprovecharon el festejo para atacar a quienes no coinciden con el gobierno.

Circularon mensajes como este:

«El mundo ha visto —en este enorme escaparate— al México real; ese que, gracias a la paz social, a la dignidad recuperada y al clima de libertades existente, disfruta y padece apasionadamente los juegos —así se vive el futbol— y abraza y se deja abrazar por las y los visitantes extranjeros…» (Epigmenio Ibarra)

Para ser congruente con lo que acabo de escribir, también debo reconocer que la organización del Mundial no fue el desastre que muchos pronosticaban. El gobierno contuvo los problemas y, en términos generales, el evento salió bien.

Pero eso tampoco significa que los problemas hayan desaparecido. Siguen ahí. Cuando pase la euforia futbolera, el México de todos los días volverá a hacerse presente.