El mensaje resulta tranquilizador para unos y provocador para otros. Mientras se preparan las fiestas, los Fan Fest y la gran inauguración del 11 de junio, persisten las convocatorias a manifestaciones.
Miguel Camacho @mcamachoocampo
En la mañanera la presidenta Claudia Sheinbaum lo dijo con claridad y convicción: “Está todo bajo control”. Lo repitió al hablar del acceso al Estadio Azteca-Banorte-Ciudad de México para la inauguración del Mundial 2026, de la movilidad de los aficionados y, de fondo, de la estabilidad que el gobierno promete mostrar al mundo mientras México se coloca en el centro de la atención internacional.
No es solo una frase de ocasión. Resume una idea que el gobierno ha repetido cada vez con más frecuencia: el poder se presenta como el gran garante del orden, el que tiene los problemas identificados, los riesgos calculados y las soluciones listas para actuar.
El mensaje resulta tranquilizador para unos y provocador para otros. Mientras se preparan las fiestas, los Fan Fest y la gran inauguración del 11 de junio, persisten las convocatorias a manifestaciones.
Este martes, en Calzada de Tlalpan, esa tensión se hizo visible cuando maestros de la CNTE marcharon rumbo al Estadio Azteca-Banorte-Ciudad de México y se encontraron, a la altura de División del Norte, con un fuerte dispositivo policial integrado por dovelas de concreto y elementos antimotines. Hubo momentos de tensión, aunque la situación no pasó a mayores. Sin embargo, la imagen quedó ahí: un gobierno que habla de control total mientras levanta barreras físicas para contener el descontento magisterial.
Los dirigentes de la Coordinadora exigen diálogo directo con la presidenta y la abrogación de la Ley del ISSSTE de 2007, entre otras demandas. Maestros, transportistas, madres buscadoras y otros sectores tampoco parecen haber recibido el memorándum de que “todo está bajo control”.
La estrategia no es nueva. La 4T ha apostado por proyectar continuidad, estabilidad y capacidad de gobierno. El Mundial ofrece una oportunidad ideal para reforzar esa imagen: un México unido, moderno y seguro frente a millones de espectadores. En ese contexto, “todo bajo control” deja de ser una simple explicación logística para convertirse también en una declaración política.
Pero incluso en política han aparecido señales de que no todo está definido. Lo ocurrido hace unos días en Coahuila recordó que todavía hay estados donde la historia no está escrita de antemano. A ello se suman las tensiones con Estados Unidos en materia de seguridad y comercio, así como los problemas de violencia que siguen presentes en distintas regiones del país. El control que se anuncia desde Palacio Nacional a veces choca con lo que la gente ve y vive todos los días en sus comunidades.
No se trata de negar avances ni de desconocer la complejidad de gobernar un país de más de 120 millones de habitantes. Se trata de advertir que repetir “todo bajo control” puede convertirse en un escudo que impida ver las fisuras antes de que se hagan más grandes. La historia reciente de México está llena de momentos en los que la narrativa del orden terminó ocultando problemas que después explotaron con mayor fuerza.
Porque los gobiernos pueden administrar la percepción del orden, pero tarde o temprano la realidad termina presentando su propia versión de los hechos. Mientras el balón ruede en el Azteca y el mundo observe, valdría la pena preguntarnos: ¿es México un país que realmente tiene todo bajo control, o uno que necesita creerlo para no perder el paso?






