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En todos los casos se repite el mismo libreto: silencio, minimización, explicación incompleta y, cuando la presión es insostenible, una narrativa  para esquivar la rendición de cuentas.

Miguel Camacho @mcamachoocampo

En estos años en el poder, la llamada Cuarta Transformación no ha aprendido —o no ha querido— hablar claro, a pesar de haber prometido transparencia total y diálogo frontal con los mexicanos, con “el pueblo bueno”.

Ante situaciones polémicas hay una constante: silencio inicial, explicación tardía y una narrativa que parece diseñada más para contener el daño político que para informar a la ciudadanía. No es un error aislado. Es un patrón.

El caso más reciente lo ilustra con precisión. El 18 de enero de 2026, un avión Hércules C-130 de la Fuerza Aérea de Estados Unidos aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Toluca. Durante horas no hubo explicación oficial. En un contexto de tensiones con el gobierno de Donald Trump —porque, aunque lo nieguen, la relación con nuestro vecino del norte es tensa— y de discursos duros contra el crimen organizado, el silencio fue combustible para el “sospechosismo”, como diría el clásico.

Cuando por fin  llegó la versión oficial, tampoco fue del todo clara. Mientras la presidenta Claudia Sheinbaum aseguró en su conferencia mañanera del 19 de enero que se trataba de personal civil de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana que viajaría a capacitación, otros reportes señalaban que el permiso original era para trasladar a marinos. La oposición cuestionó si se requería autorización del Senado, como marca la Constitución cuando se trata del ingreso de fuerzas extranjeras. La respuesta fue que se trataba solo de una “tarea logística”. Caso cerrado… oficialmente.

Ya sé, ya sé, dirán que el caso del avión no es tan importante. Pero no es la primera vez que la 4T se hace bolas al intentar explicar algo. Veamos otros ejemplos donde la opacidad fue la regla.

Ahí está el desfalco a Segalmex, considerado el mayor fraude de la 4T. Durante meses se minimizó el monto del quebranto, que hoy supera los 15 mil millones de pesos. Se protegió políticamente a su entonces director, Ignacio Ovalle, bajo el argumento de que “lo engañaron”. La corrupción se reconoció tarde, a medias y sin responsables claros, contradiciendo la bandera de honestidad que el movimiento presume.

Otro ejemplo es la opacidad en las megaobras prioritarias. El Tren Maya, Dos Bocas y el AIFA fueron blindados mediante un  decreto que las clasificó como asuntos de “seguridad nacional”. La Suprema Corte invalidó ese decreto, pero el gobierno respondió con otro similar casi de inmediato. Transparencia cuando conviene, opacidad cuando estorba.

La tragedia de la Línea 12 del Metro marcó también un antes y un después. El peritaje de la empresa noruega DNV fue primero ocultado y luego descalificado cuando comenzó a señalar fallas de mantenimiento, además de errores de origen. La narrativa se concentró más en desacreditar al perito que en asumir responsabilidades políticas. El mensaje fue claro: el problema no era el colapso, sino quién se atrevía a explicarlo.

Y está, por supuesto, el desabasto de medicamentos. Durante años se negó que existiera un problema generalizado. Se atribuyeron las denuncias a campañas de farmacéuticas o a intereses políticos. Nunca se explicó con claridad por qué fracasó el nuevo sistema de compras consolidadas. El costo humano fue altísimo, especialmente en oncología pediátrica, donde los padres de familia se convirtieron en los críticos más incómodos del gobierno.

En todos los casos se repite el mismo libreto: silencio, minimización, explicación incompleta y, cuando la presión es insostenible, una narrativa  para esquivar la rendición de cuentas.

A todo lo anterior habría que agregar el reciente descarrilamiento del Tren Interoceánico, la reforma electoral y la visita de los dirigentes de Morena a la presidenta, cuyos detalles reales, como en otros episodios, siempre se quedan en la superficie.

La pregunta no es si estos gobiernos cometen errores —todos los cometen—, sino por qué insisten en no explicarlos con claridad, en un intento por no manchar el plumaje de sus alas. Un plumaje que, en realidad, se manchó hace mucho. Porque cuando un gobierno deja de hablar claro, no solo se erosiona la confianza: se normaliza la opacidad como forma de poder. Y de ahí a la tiranía, a veces, hay solo un paso.

EN EL TINTERO

¿Francisco Garduño un funcionario ejemplar? Sin comentarios.