En 1971 el periodista temía a la censura del poder. En 2026, además de eso, teme al crimen organizado, al linchamiento digital, a las campañas de odio y, en muchas regiones del país.
Miguel Camacho @mcamachoocampo
El 14 de mayo de 1971 México seguía envuelto en la resaca de lo acontecido en octubre de 1968. Había un nuevo movimiento estudiantil que, si bien tenía su epicentro en la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), terminó por repercutir a nivel nacional y desembocar semanas después en otro episodio trágico: el Halconazo del 10 de junio de 1971.
En lo económico, el kilo de tortilla costaba en promedio un peso; un litro de leche entre dos y dos pesos con cincuenta centavos; el litro de gasolina, cincuenta y cinco centavos; y el dólar se cotizaba a 12.50 pesos.
Una de las notas principales en los diarios era la liberación, el 13 de mayo, de más de una veintena de líderes del movimiento del 68, entre ellos Heberto Castillo.
Pero México no solamente era distinto en sus precios o en sus conflictos políticos. También lo era en la forma de informar.
El periodismo de 1971 vivía atrapado entre la censura oficial, la dependencia económica del gobierno y el miedo.
Muchos periódicos sobrevivían gracias a la publicidad gubernamental y al control del papel periódico, administrado desde el poder. Criticar al presidente no era un ejercicio común de libertad; era, muchas veces, una sentencia de asfixia financiera o de persecución política.
Las grandes noticias nacionales pasaban primero por el filtro de Gobernación antes que por el criterio editorial. Había periodistas valientes, por supuesto, pero trabajaban en un sistema diseñado para premiar la obediencia y castigar la incomodidad.
La televisión comenzaba a consolidarse como un instrumento de influencia política masiva. La narrativa oficial dominaba el espacio público. El gobierno no necesitaba desmentir demasiado: le bastaba con controlar la conversación.
Cinco décadas después, el panorama cambió por completo… y al mismo tiempo no cambió tanto.
Hoy ya no existe aquel control monolítico de la información. Las redes sociales pulverizaron el monopolio informativo. Cualquier ciudadano con un teléfono puede grabar un abuso, transmitir una protesta o desmentir una versión oficial en tiempo real. El periodista dejó de ser el único intermediario entre los hechos y la sociedad.
Eso democratizó la información, sí. Pero también abrió la puerta a una nueva selva.
La velocidad comenzó a imponerse sobre la verificación. La opinión desplazó al reporteo. El algoritmo empezó a decidir qué se vuelve relevante y qué desaparece. Y en medio de esa batalla por clics, likes y viralidad, el periodismo también perdió parte de su paciencia, de su profundidad y, en algunos casos, de su independencia.
Porque si antes el riesgo era depender del gobierno, hoy el riesgo puede ser depender de la polarización.
Muchos medios dejaron de construir audiencias para construir trincheras. Hay periodistas que parecen activistas; activistas que se presentan como periodistas; y políticos que descubrieron que pueden comunicarse directamente con millones de personas sin pasar por una conferencia de prensa incómoda.
El viejo régimen controlaba mediante el silencio. El nuevo ecosistema muchas veces controla mediante el ruido.
Y, sin embargo, hay algo todavía más preocupante.
En 1971 el periodista temía a la censura del poder. En 2026, además de eso, teme al crimen organizado, al linchamiento digital, a las campañas de odio y, en muchas regiones del país, literalmente teme por su vida. México se convirtió en uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo.
La paradoja mexicana es brutal: nunca habíamos tenido tantas herramientas para informar y nunca había sido tan difícil ejercer un periodismo libre, profesional y sostenible.
Hoy cualquiera puede publicar. Pero no cualquiera investiga. No cualquiera verifica. No cualquiera resiste.
Y quizá ahí está la diferencia más importante entre aquel México de 1971 y el de hoy.
Antes la batalla era por abrir espacios para decir la verdad. Ahora la batalla también consiste en distinguirla entre millones de voces, versiones, intereses y manipulaciones.
El periodismo mexicano cambió de uniforme, de plataformas y de velocidad. Pasó del plomo de las rotativas a la inmediatez del teléfono celular. De la nota impresa del día siguiente al video en vivo de treinta segundos. Pero su responsabilidad sigue siendo exactamente la misma: incomodar al poder, explicar la realidad y evitar que la sociedad termine confundiendo propaganda con información.
Porque al final, más allá de gobiernos, tecnologías o generaciones, un país mal informado sigue siendo un país más fácil de manipular.
Ahora se preguntarán el motivo del título de esta colaboración. El 14 de mayo de 1971, en el hospital Gabriel Mancera, del entonces Distrito Federal nací yo.






