Pongamos el desorden: Nostalgia de tinta y papel

Pongamos el desorden: Nostalgia de tinta y papel

Una editorial mediana, con prestigio, historia y un catálogo invaluable, se vio obligada a ponerse en modo supervivencia porque el modelo tradicional, imprimir, distribuir a librerías y esperar que la gente entre a comprar, se volvió insostenible.

Miguel Camacho @mcamachoocampo

En varias ocasiones he comentado en este espacio que mis inicios en este fascinante mundo de la comunicación fueron como editor auxiliar en El Trimestre Económico del Fondo de Cultura Económica.

Traigo a cuento lo anterior porque, a principios de esta semana, Ediciones Era, una de las editoriales independientes más respetadas de México, en la que publicaron personajes como Monsiváis, Poniatowska, Pacheco y Revueltas, mandó un comunicado que sonó a esquela fúnebre. Anunciaba que suspendía operaciones y cerraba cuentas porque “el mercado del libro ha cambiado tanto que no nos permite vivir de las ventas”.

Las cifras son demoledoras: desde la pandemia, sus ventas se desplomaron hasta quedar en apenas el 25% de lo que eran. La red de librerías que sostenía a casas como la suya se había adelgazado hasta casi desaparecer.

Horas después llegó el segundo comunicado, más cuidadoso: no era un cierre definitivo, sino una “reducción al mínimo de sus operaciones”. El catálogo de 66 años seguiría vivo, habría ventas especiales en librerías y ferias, y los libros de Era continuarían en las estanterías y en la memoria.

Pero el mensaje de fondo no cambiaba. Una editorial mediana, con prestigio, historia y un catálogo invaluable, se vio obligada a ponerse en modo supervivencia porque el modelo tradicional, imprimir, distribuir a librerías y esperar que la gente entre a comprar, se volvió insostenible.

Era no es un caso aislado. Es el síntoma más visible de una transformación que el sector lleva años sin terminar de asumir.

Según los datos más recientes de la CANIEM (2024), las librerías físicas siguen siendo un importante canal de facturación (alrededor del 28-29%) y el primero en volumen de ejemplares, pero el peso del e-commerce de libros físicos ya ronda el 7 % oficial y, según estimaciones de grandes grupos, puede acercarse al 20% en el mercado comercial abierto.

Mientras tanto, e-books y audiolibros apenas representan el 2% de la facturación editorial privada, aunque entre los compradores reales ya suman cerca de 21% de preferencia (16.6% e-book y 4.8% audiolibro, según NielsenIQ).

El libro físico no está muerto. Sigue dominando de forma abrumadora. Pero aferrarse a él como único camino es una forma elegante de suicidio comercial.

Las librerías independientes y de cadena han reducido su densidad; muchas cerraron o se transformaron; la distribución se encareció y se volvió más lenta, y el lector, sobre todo el joven, descubrió que puede comprar, escuchar o leer sin salir de casa y sin esperar a que el título “llegue” a su librería más cercana.

Diversificar no es traicionar al libro: es salvarlo. Significa apostar en serio por el digital, por el audio, por la suscripción, por la venta directa, por los metadatos bien hechos, por la presencia en plataformas donde realmente está el lector de hoy. Significa aceptar que el contenido literario puede y debe viajar por más de un canal.

Y aquí viene la otra ilusión peligrosa: la idea de que la lectura se fomenta regalando libros a granel. El Fondo de Cultura Económica, bajo la dirección de Paco Ignacio Taibo II, ha convertido el “regalo masivo” en política de Estado. La campaña “25 para el 25”, 2.5 millones de ejemplares gratuitos en México y América Latina, suena generosa y fotogénica.

Insisto: regalar libros, por sí solo, no crea lectores. Puede generar un primer contacto, pero este se diluye si no hay entorno, hábito, mediación y, sobre todo, un mercado vivo que permita a las editoriales independientes seguir publicando.

Un país de lectores no se construye con camiones de libros regalados ni con nostalgia por la librería de barrio.

Ediciones Era acaba de darnos el aviso más claro de los últimos años. O diversificamos la forma en que llega la literatura a las manos, y a los oídos de la gente, o seguiremos asistiendo, uno tras otro, a los funerales de las editoriales que sí importan.

Pongamos el desorden | Lleve, lleve su libro… Llévelo

Para realmente fomentar la lectura de obras literarias es necesario que todos volvamos a aprender a leer, para que mejoremos nuestra comprensión de lectura.

Miguel Camacho @mcamachoocampo

Este miércoles en una red social del Fondo de Cultura Económica (FCE) vi fotografías del director de la editorial, junto a Dunia Ludlow, directora de las tiendas del ISSSTE, y a Martí Batres, director general del instituto. Las imágenes eran del acto para anunciar que los libros de una de las editoriales más importantes de habla hispana se venderían en la cadena de tiendas gubernamental.

En un comunicado el ISSSTE informó que 211 títulos de la editorial se venderán en su cadena de tiendas en todo el país. El boletín añade que de 2022 a 2024 se vendieron 12,600 ejemplares en establecimientos de la CDMX.

Es de esperar que como parte de sus estrategias comerciales, el FCE, como cualquier  empresa en el mundo, busque ampliar sus puntos de ventas. Lo que me preocupa es que lo tomen como una forma de fomento a la lectura.

Antes que nada hay algo que me parece de extrema urgencia atender y es redefinir lo que deseamos fomentar, porque leer todos leemos a diario, por ejemplo lecturas técnicas para nuestros trabajos, noticias, entre otros muchos materiales. Más bien, digamos de hoy en adelante que lo que deseamos es fomentar la lectura de obras literarias… ¿Qué le parece a usted?

En abril del año pasado el INEGI dio a conocer una disminución en los niveles de lectura, lo que indica que la estrategia seguida por Paco Ignacio Taibo II, el paladín del fomento a la lectura de obras literarias, fracasó.

Fomentar la lectura en un país como México va más allá de abrir librerías y microlibrerías (hasta en tiendas de autoservicio), regalar ejemplares en plazas públicas o imprimir títulos con materiales de mala calidad para venderlos a 20 pesos.

Para realmente fomentar la lectura de obras literarias es necesario que todos volvamos a aprender a leer, para que mejoremos nuestra comprensión de lectura. De nada sirve leer 10 o 12 libros al año si se va a hacer de manera autómata o para cumplir una tarea. Para que valga la pena leer hay que saborear línea por línea, letra por letra.

Para acercar a las nuevas generaciones a la lectura hay que experimentar con nuevos formatos, formatos que les sean atractivos, porque ellos ya leen poco en formatos físicos, su lectura es ya en formatos digitales. Por ejemplo, todo el material de lectura escolar de mis sobrinos (el mayor está en la universidad y el menor en el bachillerato) está en un 95% cargado en dispositivos electrónicos.

EN EL TINTERO

Investigadores del INAH y la UNAM identificaron restos de maíz en artefactos de molienda de más de seis mil años, hallados en sitio hoy ocupado por Xochimilco. En sus trabajos recuperaron huellas del procesamiento de plantas, que dan luces de la transición de cazadores a grupos sedentarios.

Pongamos el desorden | FCE, un sueño que lleva 90 años

Pongamos el desorden | FCE, un sueño que lleva 90 años

A lo largo de estos 90 años en la editorial han colaborado cientos de personas, verdaderos héroes, cuyo principal objetivo era acercar el conocimiento a las personas, no quedar bien con políticos

Miguel Camacho @mcamachoocampo

Dicen los “gurús del emprendimiento” que para que una nueva empresa se desarrolle y tenga éxito debe cubrir una necesidad inmediata, de lo contrario, esa idea está condenada a fracasar o al menos tardará mucho para desarrollarse. Le comento lo anterior porque hoy 3 de septiembre se cumplen 90 años del nacimiento de lo que podríamos llamar un emprendimiento, el FONDO DE CULTURA ECONÓMICA.

En los primeros años de la década de los 30 del siglo pasado, un grupo de intelectuales, encabezados por Daniel Cosio Villegas, detectaron la necesidad de proveer a los estudiantes de la recién creada carrera de economía de materiales de estudio en español, ya que gran parte de la bibliografía de estudio estaba en inglés, lo que complicaba la enseñanza debido a que muchos estudiantes no conocían dicho idioma.

Así las cosas, Cosio Villegas y su grupo se dieron a la tarea de elaborar una lista de 50 títulos que presentaron a la editorial española Espasa-Calpe, que rechazó la idea por influencia del filósofo José Ortega y Gasset, quien, según relata Cosío Villegas en sus memorias, tomó la palabra en la junta de Consejo donde se discutía el proyecto  para decir:

“El día que los latinoamericanos tuvieran que ver algo en la actividad editorial de España, la cultura de España y la de todos los países de habla española “se volvería una cena de negros…””

El rechazo de Espasa-Calpe no desanimó al grupo que decidió tomar al “toro por los cuernos” y ocuparse ellos mismos de las publicaciones. Así es como nació en primera instancia, en abril de 1934, “El Trimestre Económico”, revista que seguía el modelo de la inglesa “Economic Quarterly”.

Pero la idea del grupo no era quedarse solamente con la revista, era crear una editorial, así es que luego de reunir apoyos de instituciones públicas y amigos, consiguieron 22 mil pesos y con ese capital crearon el fideicomiso FONDO DE CULTURA ECONÓMICA.

Un dato curioso es que el nombre de la editorial no iba a ser ese, si no la traducción de “Trust Fund for Economic Learning” (Fondo Fiduciario para el Aprendizaje de la Economía), algo que en sus memorias Daniel Cosío Villegas reconoció como un error de traducción.

A lo largo de estos 90 años en la editorial han colaborado cientos de personas, verdaderos héroes, cuyo principal objetivo era acercar el conocimiento a las personas, no quedar bien con políticos. A algunos de esos héroes yo los conocí de niño, de la mano de mi papá, que durante muchos años (38) fue el responsable del archivo de negativos, y años después pude trabajar con ellos.

Las armas de ellos eran tipómetros, cuenta hilos, plumones, lupas, cartulinas para cazar las erratas en los textos, diseñar portadas y entregar a la gente libros para aprender nuevos conocimientos.

De toda la gente que contribuyó a hacer grande a la institución hoy en este noventa aniversario recuerdo al poeta y editor Alí Chumacero, un hombre alto de cabello blanco, que cada que me encontraba en los pasillos me decía: “¿Cómo está tu padre?¿Salúdamelo?

A mi primer jefe, Guillermo Escalante, muchos años coordinador editorial de El Trimestre Económico. Un gran maestro. A mi papá le decía: “Yo no creo que exista tu Dios, pero si existe, a qué chinga me va a parar”.

A Marco Antonio Pulido, quien me integró a la colección de Ciencia y me enseñó a tratar con los egos de los autores.

Muy amigo del maestro Pulido era don Juan José Utrilla, considerado uno de los mejores traductores de Hispanoamérica y quien por muchos años fue coordinador de traductores de la institución.

Una verdadera institución, dentro de la institución era don José C. Vázquez, de los primeros empleados del Fondo, quien en 1989 me regaló una cartulina con la simbología para corregir. Por sus manos pasó el 95% del momento que se jubiló en 1990.

No puedo olvidar a Agustín Molinero, un diseñador del departamento de publicidad, que cuando estaba en los primeros semestres de la carrera de Comunicación me llevó con Angélica de Icaza y Gabriela Vallejo y les dijo: “Este muchacho tiene mucho tiempo libre, tienen algo para que no tenga malos pensamientos”. De la plática que tuve con Gaby Vallejo salió el primer artículo que escribí profesionalmente: “La química en la cocina”.

Pero el esfuerzo de personas que mencioné en los párrafos anteriores, hoy se ve desdibujado, ya que a la actual administración del Fondo lo único que le interesa es producir “libros baratos”, con la falsa creencia de que así fomentará la lectura, algo en lo fracasó la directiva encabezada por Paco Ignacio Taibo II, ya que en lugar de incrementar el número de lectores éste disminuyó según datos del INEGI.

El Fondo debe sacudirse el perfil “evangelizador” de la 4T y recuperar el objetivo principal de Daniel Cosío Villegas, acercar el conocimiento a la gente, utilizando las herramientas que la tecnología ofrece en la actualidad. Con ello atraería muchos más lectores que regalando libros .

No puedo cerrar sin agradecer al héroe que hizo posible que yo conociera a esas personalidades y que me enamorara de este mundo de tinta y papel: MI PAPÁ.