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Pongamos el desorden: Cuando el mundo escuchaba a México

Pongamos el desorden: Cuando el mundo escuchaba a México

México depende como nunca del comercio con Estados Unidos, es pieza central de su política migratoria y vive una relación de cooperación forzada en materia de seguridad.

Miguel Camacho @mcamachoocampo

En la mañanera de este 17 de diciembre, la presidenta Claudia Sheinbaum fijó la postura de México frente al escalamiento del conflicto entre Venezuela y Estados Unidos. En lo dicho por la presidenta no hubo nada nuevo: habló de no intervención, del respeto a la autodeterminación de los pueblos, hizo un llamado a la ONU y pidió evitar derramamientos de sangre. Hasta ahí, todo normal.

Sin embargo, hubo dos detalles que llamaron mi atención. El primero, que al referirse al presidente de Venezuela la presidenta se limitara a nombrarlo por su apellido: Maduro.

El segundo, que ofreciera a México como un posible punto de encuentro, si las partes así lo solicitan:

“También es importante si nosotros podemos estar como un punto de negociación, de reunión, si así lo consideran las partes. Las partes tendrían que proponernos, y si no, buscar mediadores que permitan evitar cualquier conflicto en la región”, dijo la presidenta.

No sería la primera vez. Durante décadas, México construyó una reputación internacional como mediador confiable. No por imponer, sino por saber escuchar.

En los años ochenta fue pieza clave del Grupo Contadora, que buscó frenar las guerras civiles en Centroamérica mientras Estados Unidos apostaba por la confrontación directa. Aquella mediación no fue cómoda ni neutral en el sentido pasivo: implicó tensiones con Washington y costos políticos internos. Pero también le dio a México algo hoy escaso: credibilidad.

A esa tradición se sumó el asilo político. España republicana, dictaduras sudamericanas, exilios forzados. México no sólo abrió puertas; construyó autoridad moral.

La Doctrina Estrada —no intervención, autodeterminación de los pueblos— fue durante años algo más que una frase repetida en discursos: era una línea de conducta que daba identidad.

Otra de las medallas de la diplomacia mexicana fue el Tratado de Tlatelolco, que declaró a América Latina como una región libre de armas nucleares y le valió el Premio Nobel de la Paz al mexicano Alfonso García Robles.

También, durante muchos años, México fue intermediario silencioso entre Cuba y Estados Unidos.

Ese México mediador existió porque tenía margen de maniobra y una política exterior con voz propia. Pero ese margen empezó a encogerse. Con el paso del tiempo, la mediación se volvió selectiva, ambigua.

Hoy el contexto es otro. México depende como nunca del comercio con Estados Unidos, es pieza central de su política migratoria y vive una relación de cooperación forzada en materia de seguridad. Al mismo tiempo, mantiene vínculos políticos con gobiernos que Washington mira con recelo, como el de Nicolás Maduro. En ese tablero, ofrecerse como intermediario suena bien… pero es mucho más complejo de lo que una frase en la mañanera puede sugerir.

Porque mediar no es sólo sentar a dos partes en la mesa. Es incomodar a ambas. Es decir cosas que nadie quiere escuchar. Es no deberle demasiado a ninguno. Y ahí está la pregunta incómoda: ¿puede México hoy jugar ese papel sin quedar atrapado entre su dependencia económica y sus afinidades políticas?

México quiere volver a ser mediador. La historia le da antecedentes para intentarlo. Pero la mediación no se decreta: se construye. Y, sobre todo, se cree. La pregunta no es si México puede ofrecerse como intermediario entre Estados Unidos y Venezuela. La pregunta es si, en este momento, alguien estaría dispuesto a escucharlo.

Ya sé, ya sé: muchos dirán que la presidenta no hizo un ofrecimiento formal. Pero lo dicho en la mañanera me pareció un buen pretexto para recordar glorias pasadas de la diplomacia mexicana… y para preguntarnos si hoy todavía están vigentes.

EN EL TINTERO:

Gerardo Fernández Noroña presumió que ya cobra la “pensión del bienestar”. Un defecto estructural de los programas sociales.

En Corto: Morelos, azotado por el crimen

En Corto: Morelos, azotado por el crimen

Si la gobernadora Margarita González Saravia insiste en administrar percepciones mientras el estado se desangra, quedará claro que no fue rebasada por la violencia: decidió convivir con ella. Y cuando un gobierno se acostumbra a la barbarie, deja de gobernar.

Raúl García Araujo @araujogar

Apenas ha terminado la primera quincena de diciembre y Morelos ya ofrece una imagen devastadora: un estado rebasado por el crimen organizado y un gobierno que no logra —o no quiere— asumir la gravedad de la crisis.

No es un discurso alarmista ni una exageración; son hechos encadenados que revelan una realidad que desmiente cualquier narrativa oficial de control o mejora en la seguridad.

Cuautla se ha convertido en el símbolo más claro del fracaso institucional. Comerciantes obligados a pagar doble derecho de piso porque dos grupos criminales operan al mismo tiempo, extorsionando con absoluta impunidad.

La denuncia no proviene de la oposición ni de actores políticos interesados, sino del obispo de Cuernavaca, Ramón Castro Castro, quien ha advertido que las estadísticas oficiales no reflejan lo que realmente vive la población. Cuando la Iglesia levanta la voz en estos términos, es porque la crisis ya desbordó todos los límites.

Pero Cuautla no es un caso aislado. La violencia se extiende y escala. El ataque a balazos contra la vivienda del presidente municipal de Yecapixtla; las agresiones armadas contra las casas de una regidora y una síndica en el municipio indígena de Xoxocotla; y el hallazgo de cinco cuerpos calcinados —entre ellos una menor de edad— en la carretera Axochiapan–Amayuca, dibujan un mapa de terror que atraviesa regiones, cargos públicos y comunidades enteras. En Morelos, hoy nadie está a salvo.

Estos hechos no solo evidencian inseguridad: exhiben pérdida de control del Estado. Cuando los criminales atacan viviendas de funcionarios públicos y extorsionan abiertamente a comerciantes, el mensaje es inequívoco: el poder real no está en el gobierno, sino en las organizaciones criminales.

Y lo más grave es que no hay una respuesta clara, contundente ni sostenida que indique que el gobierno estatal entiende la magnitud del problema.

Frente a este escenario, resulta preocupante la postura de la gobernadora Margarita González Saravia. Mientras Morelos arde, ella insiste en que su administración “no simula”, que es transparente y que los comentarios ciudadanos en redes sociales son mayoritariamente positivos.

Pero la seguridad pública no se mide con percepciones digitales ni con discursos autocomplacientes. Se mide con resultados, y esos resultados hoy simplemente no existen.

Lo verdaderamente alarmante es la normalización de la incapacidad. No hay una estrategia de seguridad visible, no hay golpes estructurales al crimen organizado, no hay coordinación efectiva que se traduzca en paz para la población.

La violencia avanza todos los días, mientras el gobierno parece más concentrado en defender su imagen que en recuperar el control del territorio.

Gobernar no es repetir que no se simula; es demostrarlo con hechos. Y los hechos, hoy por hoy, son extorsión generalizada, violencia política, homicidios múltiples y miedo instalado en la vida cotidiana de los morelenses.

La omisión también es una forma de responsabilidad, y cada día sin acciones firmes profundiza una crisis que ya se salió de control.

Morelos no necesita discursos optimistas ni autoelogios. Necesita liderazgo, decisiones incómodas y una estrategia real que enfrente al crimen organizado sin excusas. Porque mientras el gobierno se felicita a sí mismo, el crimen ya gobierna el estado.

A estas alturas, la pregunta ya no es si la estrategia de seguridad funciona, sino si realmente existe. Porque cuando el crimen cobra doble, dispara contra alcaldes, intimida a regidoras y calcina cuerpos en las carreteras, cualquier discurso oficial se vuelve irrelevante.

Negar la realidad no la corrige; solo la agrava. Y en Morelos, la distancia entre el poder y la calle es hoy tan amplia que raya en la irresponsabilidad política.

La historia es implacable con los gobiernos que prefieren el autoengaño a la acción. Si la gobernadora Margarita González Saravia insiste en administrar percepciones mientras el estado se desangra, quedará claro que no fue rebasada por la violencia: decidió convivir con ella. Y cuando un gobierno se acostumbra a la barbarie, deja de gobernar.

 

En Cortito: Nos cuentan que Cuernavaca avanza por una ruta distinta a la de muchos municipios que enfrentan crisis financieras, endeudamiento y parálisis administrativa.

Durante el primer año de gestión de José Luis Urióstegui Salgado en su segundo periodo como alcalde, la capital de Morelos ha consolidado un modelo de gobierno basado en disciplina financiera, planeación responsable y una clara prioridad: que los recursos públicos se traduzcan en obras y servicios para la gente.

Los números respaldan el discurso. En 2022, al inicio de la primera administración de Urióstegui Salgado, el Ayuntamiento de Cuernavaca registraba ingresos globales por mil 553 millones de pesos. Hoy, la recaudación municipal asciende a dos mil 494 millones de pesos, un incremento cercano al 61 por ciento.

Este crecimiento le ha otorgado al municipio mayor autonomía financiera y capacidad de respuesta, reduciendo la dependencia de recursos federales y fortaleciendo la toma de decisiones locales.

Gracias a esta disciplina financiera, Cuernavaca ha podido ampliar y fortalecer servicios prioritarios como el bacheo, la modernización del alumbrado público, la ejecución de obras en colonias y el reforzamiento de la Secretaría de Protección y Auxilio Ciudadano.

Hoy, el gobierno municipal encabezado por José Luis Urióstegui Salgado deja claro que la austeridad bien aplicada y la eficiencia en el gasto no significan menos obras, sino más y mejores acciones para la ciudadanía.

En Cuernavaca, las finanzas sanas se han convertido en la base de un gobierno que responde y construye futuro.

Pongamos el desorden: ¿Violencia simbólica o censura simbólica?

Pongamos el desorden: ¿Violencia simbólica o censura simbólica?

Con esta redacción, una “imposición estética”, un símbolo cultural o una opinión incómoda podrían ser considerados violencia simbólica sin que exista incitación a la violencia ni daño concreto. El riesgo no es menor: se sustituye el debate público por la sanción administrativa.

Miguel Camacho  @mcamachoocampo

Estoy seguro que los legisladores —al menos algunos— tienen buenas intenciones al presentar iniciativas de ley. El problema es que, con frecuencia, esas iniciativas llegan acompañadas de mal tino, mala técnica legislativa o una pesada carga ideológica.

Ese es el caso del dictamen que adiciona el concepto de violencia simbólica como una nueva fracción al artículo 6 de la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia.

La adición parece menor. No lo es.

El dictamen, ya aprobado por el pleno de la Cámara de Diputados, define la violencia simbólica como aquella que se materializa, directa o indirectamente, a través de mensajes, valores, símbolos, íconos, imágenes, signos e incluso imposiciones familiares, educativas, ideológicas, sociales, económicas, políticas, culturales, estéticas o religiosas, que reproduzcan relaciones de dominación y naturalicen la subordinación de la mujer.

Si seguimos esa definición al pie de la letra, casi cualquier expresión humana cabe dentro de la categoría.

No se describen conductas concretas, no se exige intencionalidad, no se establece un umbral verificable de daño. Se sanciona —al menos normativamente— el significado atribuido a una idea, un símbolo o una creencia.

De acuerdo con los expertos consultados, es justamente en esa ambigüedad donde aparece el primer conflicto jurídico: el principio de certeza y legalidad.

Cuando la ley no delimita con precisión qué está prohibido, deja al criterio de la autoridad decidir qué mensaje “reproduce” o “naturaliza” una subordinación. El resultado no es protección, sino discrecionalidad.

El segundo conflicto es directo con los artículos 6º y 7º constitucionales, que garantizan la libertad de expresión y la libertad de prensa.

La Suprema Corte ha sido clara: la libertad de expresión solo puede limitarse de manera excepcional y bajo criterios estrictos de necesidad, idoneidad y proporcionalidad. El problema es que no toda expresión incómoda, tradicional o incluso estereotipada constituye discurso de odio.

Con esta redacción, una “imposición estética”, un símbolo cultural o una opinión incómoda podrían ser considerados violencia simbólica sin que exista incitación a la violencia ni daño concreto. El riesgo no es menor: se sustituye el debate público por la sanción administrativa.

Y cuando el Estado empieza a regular significados, el efecto inmediato no es justicia, sino censura.

La inclusión de las llamadas “imposiciones religiosas” es, sin duda, el núcleo más problemático del dictamen.

De acuerdo con los especialistas, esta redacción choca con el artículo 24 constitucional, que protege no solo la creencia interna, sino también su manifestación externa: símbolos, prácticas, roles, vestimenta y organización comunitaria. Para millones de personas, estos elementos no son imposiciones, sino expresiones legítimas de fe.

Tipificarlas como violencia simbólica abre la puerta a que el Estado juzgue doctrinas religiosas, intervenga en prácticas de culto o sancione expresiones de fe por considerarlas subordinantes.

Cuando el poder civil decide qué símbolos religiosos son aceptables, deja de ser laico y empieza a ser censor.

La modificación legal, de acuerdo con los abogados consultados, genera un conflicto entre derechos fundamentales: el derecho de las mujeres a vivir libres de violencia (artículos 1º y 4º) frente a las libertades de expresión, conciencia y religión (artículos 6º, 7º y 24º).

“Ese conflicto exige una ponderación fina. El dictamen, en cambio, opta por una definición expansiva que difícilmente supera un test de proporcionalidad: no demuestra que no existan medidas menos restrictivas; no prueba que sancionar símbolos elimine efectivamente la subordinación; y no garantiza que el beneficio supere el costo democrático”, me comentó un activista.

El problema no es reconocer la violencia simbólica como fenómeno social. Ese debate es legítimo y necesario.

El problema es convertir el concepto violencia simbólica en una herramienta jurídica sin límites claros, susceptible de utilizarse para sancionar ideas, creencias o expresiones incómodas para el poder o para la autoridad en turno.

El Senado debe afinar la redacción, garantizar claridad normativa, proteger el contenido esencial de las libertades y centrar la intervención estatal en daños reales, no en interpretaciones ideológicas.

Si el Senado no corrige lo aprobado por la Cámara de Diputados, corremos el riesgo de repetir episodios como el del “dato protegido”, o de ver a una figura prominente del régimen presentar denuncias contra críticos, convirtiendo una buena intención en un arma de destrucción política.

EN EL TINTERO

Al momento de escribir estas líneas, esta modificación aún no ha sido aprobada por el Senado.

Sepa La Bola: Padrón intocable

Sepa La Bola: Padrón intocable

Cuidar el padrón es cuidar la democracia; permitir que vuelva a ser una mercancía es abrir la puerta a la manipulación y al abuso.

Claudia Bolaños @claudiabola

A pesar del ruido externo, quienes conocen el expediente de la licitación para la nueva Credencial para Votar afirman que el tema más sensible está, en realidad, totalmente resuelto: el padrón electoral permanece bajo resguardo exclusivo del INE, sin intervención de terceros. Explican que la producción de la credencial no implica manipular información ciudadana, sino únicamente trabajar con medidas de seguridad, impresión y generación del documento. Y por si quedaba duda, en el Instituto recuerdan que ningún proveedor —pasado o presente— ha tenido acceso a la base de datos, y esta licitación no es la excepción.

Y Sepa La Bola, pero durante décadas el padrón electoral en México fue tratado como una mercancía más dentro del mercado negro de la corrupción institucional. No era un secreto: nombres, domicilios, claves de elector y hasta teléfonos terminaban en manos de partidos políticos, despachos privados o grupos con poder económico que pagaban por esa información como si se tratara de un insumo estratégico. El país vivió una época en la que la privacidad de millones de ciudadanos era vulnerada de manera sistemática, sin consecuencias reales para quienes traficaban con esos datos.

El uso político del padrón fue una de las prácticas más nocivas para la democracia mexicana. La información personal se utilizaba para presionar votantes, construir estructuras clientelares y manipular procesos electorales desde las sombras. Aquellos años dejaron una profunda desconfianza en las instituciones, porque mientras a la ciudadanía se le pedía participar y creer en la transparencia, en lo más alto del sistema la información electoral circulaba sin control ni responsabilidad.

Si hoy existe un mayor blindaje y un marco legal más sólido, es precisamente porque el país tuvo que enfrentar ese pasado vergonzoso. Recordarlo no es un ejercicio nostálgico, sino una advertencia. Cuidar el padrón es cuidar la democracia; permitir que vuelva a ser una mercancía es abrir la puerta a la manipulación y al abuso. En tiempos de reformas y tensiones institucionales, conviene no olvidar que la integridad del registro electoral es una conquista que costó años y no puede darse por garantizada.

Y Sepa La Bola, pero la prohibición total de los vapeadores en México exhibe una incongruencia difícil de justificar. No se trata de defender el vapeo como si fuera inocuo, sino de cuestionar por qué el Estado concentra su fuerza en perseguir estos dispositivos mientras permite, sin mayor debate, productos que sí generan daños masivos y comprobados en la salud pública. En cualquier tienda se venden refrescos cargados de azúcar, botellas de alcohol baratas y tabaco que sigue fumándose en espacios públicos, aun cuando afecta a terceros. Incluso la marihuana circula con una tolerancia creciente. Todo eso permanece normalizado, pero vapear —que no molesta a quienes están alrededor y cuyo impacto colectivo es menor frente a esos excesos cotidianos— se ha convertido en el enemigo perfecto a prohibir.

Más que una estrategia sanitaria, la medida parece una decisión política que construye un símbolo fácil de combatir mientras se evitan los problemas reales. En un país donde consumir azúcar, alcohol, tabaco o cannabis es parte del día a día, resulta absurdo que vapear sea lo que amerite persecución. Esa es la verdadera contradicción, tanto que en redes sociales los dispositivos siguen vendiéndose pese a las penas de hasta ocho años de prisión por su comercialización.

Pongamos el desorden: ¿Tiene adversarios la 4T?

Pongamos el desorden: ¿Tiene adversarios la 4T?

La 4T no tomó en cuenta dos factores fundamentales que ahora les están pasando factura: el tiempo, ese fantasma cuyo andar deja huella; y sus propios dirigentes, que más que mártires son humanos.

Miguel Camacho @mcamachoocampo

Desde hace días ronda en mi cabeza una pregunta: ¿por qué la presidenta Sheinbaum dice un día sí y otro también que hay un grupo de mexicanos que convoca a la violencia y busca una intervención extranjera? Después de mucho pensar —y de escuchar a personas y personajes que saben más que yo— llegué a una conclusión: andan urgidos de enemigos.

Permítanme explicarles, antes de que levanten las cejas.

La 4T, con López Obrador a la cabeza, llegó al poder tomando como bandera el descontento —justo, sí— de gran parte de la población del país. Se autoproclamaron la “Esperanza de México” y, con base en su narrativa esperanzadora de “nosotros somos los buenos y todos los que nos critican son malos”, fueron adueñándose de todo: instituciones, congresos locales y el federal, el Poder Judicial y, próximamente, de las instituciones electorales.

Además del discurso, la 4T pudo hacerse fuerte porque la oposición entregó la plaza; quizá por miedo a que les sacaran, como ya ha ocurrido, los expedientes de sus “travesuras”. Hoy esa oposición —representada por los partidos— es prácticamente inexistente.

Sin embargo, la 4T no tomó en cuenta dos factores fundamentales que ahora les están pasando factura: el tiempo, ese fantasma cuyo andar deja huella; y sus propios dirigentes, que más que mártires son humanos.

El paso del tiempo volvió cada vez más inverosímil culpar a sus enemigos originales —los fifís, los neoliberales, Calderón, Salinas— de los problemas que hoy enfrenta el país. Y algunos de sus dirigentes, al ver el arca abierta, dejaron el aura de salvadores y aprovecharon la oportunidad de “mejorar” su situación.

Por eso ahora buscan nuevos enemigos: porque su discurso inicial no aguantó la comezón del séptimo año y comenzó a desgastarse. Y como a cada “héroe” le hace falta su villano, hoy nos hablan de bots, de la derecha internacional y de complots.

Pero volvamos al título de esta colaboración: ¿Tiene adversarios la 4T?

La respuesta es sí. Pero no están en el ambiente político. Su principal —y única— adversaria es la realidad, ese fantasma que se encarga de poner a cada quien en su lugar.

EN EL TINTERO

La opositora venezolana y Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, salió de Venezuela. ¿Qué sigue ahora?

En Corto: Urióstegui consolida liderazgo en Morelos

En Corto: Urióstegui consolida liderazgo en Morelos

El alcalde de Cuernavaca se ha consolidado como uno de los liderazgos políticos más sólidos de Morelos, no por confrontar, sino por gobernar. Su liderazgo nace y crece en la oposición.

Raúl García Araujo @araujogar

En política, el poder no se declara: se construye. Y hoy, en Morelos, ese poder se está edificando desde Cuernavaca. José Luis Urióstegui Salgado no gobierna la capital por inercia ni por discurso; la gobierna con resultados. En un contexto estatal fragmentado y con liderazgos debilitados, ese dato no es menor: lo coloca en una posición política claramente dominante.

Urióstegui entendió algo que muchos subestiman: administrar bien es ejercer poder. Mientras otros apuestan a la confrontación permanente o a la narrativa sin sustento, su gobierno ha apostado a la eficacia.

Seguridad con estrategia, finanzas con disciplina y gobernanza con participación ciudadana no son conceptos aislados, sino una misma lógica de control institucional. Esa coherencia explica por qué hoy es uno de los alcaldes con mayor peso político y mediático en Morelos, aun gobernando desde la oposición.

En materia de seguridad, Cuernavaca dejó atrás la simulación. Profesionalización policial, capacitación constante, uso de tecnología, coordinación interinstitucional y ciudadanía organizada han dejado de ser promesas para convertirse en políticas operando. Este enfoque ha devuelto algo clave al gobierno municipal: autoridad legítima, un activo político que no se improvisa y que se construye en el territorio.

Ese orden institucional se reflejó también en el terreno financiero. Recibir una ciudad quebrada y reducir de manera histórica una deuda millonaria, liquidar pasivos bancarios y enfrentar adeudos ocultos sin frenar la obra pública constituye una jugada política de alto nivel. En Morelos, pocos pueden presumirlo. La estabilidad financiera no solo ordena las cuentas públicas; ordena el tablero político y amplía el margen de maniobra.

Con estos antecedentes, este miércoles 10 de diciembre, Urióstegui rendirá su primer informe sobre el estado que guarda la administración pública de Cuernavaca. No será un acto protocolario, sino un corte de caja político. En este caso, el informe no se sostiene en promesas, sino en resultados verificables, y eso cambia por completo la lectura.

Pero el poder político moderno no se limita a la seguridad ni a las finanzas; también se ejerce desde la proyección internacional y la diplomacia cultural. La reciente visita del embajador de Japón en México, Kozo Honsei, al Museo de la Ciudad de Cuernavaca no fue un gesto social ni una fotografía casual. Fue una señal clara de que la capital morelense vuelve a colocarse en el radar internacional como una ciudad con identidad, estabilidad institucional y capacidad de interlocución global.

Cuernavaca hoy no solo se gobierna: se proyecta. Recupera presencia, reconstruye confianza y vuelve a ser referente. Eso explica por qué el liderazgo de Urióstegui ya no es únicamente municipal. En política, quien controla la capital controla la conversación, y hoy esa conversación se articula desde Cuernavaca.

Todo esto confirma un hecho central: José Luis Urióstegui Salgado se ha consolidado como uno de los liderazgos políticos más sólidos de Morelos, no por confrontar, sino por gobernar. Su liderazgo nace y crece en la oposición, pero con una ventaja decisiva frente a sus pares: tiene resultados que lo respaldan.

En tiempos donde la política suele confundirse con ruido, Cuernavaca ofrece una lección incómoda para muchos: gobernar bien sigue siendo la forma más efectiva de construir poder. Y cuando el poder se construye con resultados, deja de ser coyuntural para convertirse en proyecto. Por eso, hoy, el nombre de José Luis Urióstegui Salgado ya no solo pesa en la capital; empieza a marcar el ritmo político de todo Morelos.

 

En Cortito: Nos cuentan que en el Estado de México comienza a configurarse un nuevo liderazgo político desde uno de los territorios más complejos y estratégicos del país: Ecatepec.

Gobernar este municipio no es un reto menor; es una prueba de capacidad, carácter y visión. En ese contexto, el Primer Informe de Gobierno de Azucena Cisneros Coss no fue solo un acto de rendición de cuentas, sino una señal clara de que algo distinto se está construyendo en una de las capitales sociales y electorales más importantes de México.

Mil obras realizadas con una inversión de 721 millones de pesos en apenas un año no son un dato administrativo: son una definición política. Cisneros Coss entendió que en Ecatepec gobernar es intervenir el territorio con hechos visibles.

La reducción de hasta 50 por ciento en delitos de alto impacto, la pavimentación de más de 444 kilómetros de vialidades y, por primera vez en la historia del municipio, la inversión en infraestructura hidráulica para llevar agua por red a más de 300 mil personas, marcan un punto de quiebre frente a décadas de abandono.

El respaldo político que arropó el informe confirma que Ecatepec ha recuperado centralidad. La presencia de liderazgos estatales y federales, así como de alcaldes de municipios clave del Valle de México, revela que lo que ocurre en Ecatepec ya no es un asunto local, sino parte de la reconfiguración política del Estado de México.

El acompañamiento de la gobernadora Delfina Gómez y de la presidenta Claudia Sheinbaum refuerza esa lectura: Ecatepec volvió a ser prioridad.

Más allá de las obras, el mensaje de fondo es político y social: el poder se construye con el pueblo. Unidad, organización comunitaria y dignidad como ejes de gobierno no son consignas, son método.

En un municipio que fue tratado durante años como fábrica de votos y de pobreza, hoy se perfila un nuevo liderazgo de la mano de Azucena Cisneros Coss que gobierna desde el territorio, con resultados y con respaldo social.