Sepa La Bola: La victoria vecinal

Cuando una mayoría de liderazgos vecinales se inclina hacia un proyecto, no solo expresa simpatía política, sino una validación del trabajo en territorio y para la gente.

Claudia Bolaños @claudiabola

En política, no todas las victorias hacen ruido de inmediato. Algunas no se miden en discursos ni en grandes concentraciones. A veces, las señales más claras provienen de procesos pequeños: urnas vecinales, colonias, pueblos y liderazgos que conocen el ánimo real de una comunidad.

Eso ocurrió en Cuajimalpa con la elección de las Comisiones de Participación Comunitaria (Copaco). Aunque los resultados aún son preliminares, la lectura política ya se perfila: los cuadros vecinales que apoyan al alcalde, Carlos Orvañanos, ganaron una amplia mayoría de las comisiones.

El dato no es menor. Las Copaco son el primer nivel de cercanía entre la ciudadanía y las autoridades. Ahí se procesan temas de seguridad, servicios urbanos, agua, espacios públicos y presupuesto participativo.

Por eso, cuando una mayoría de liderazgos vecinales se inclina hacia un proyecto, no solo expresa simpatía política, sino una validación del trabajo en territorio y para la gente.

Cuajimalpa es una alcaldía compleja: conviven pueblos originarios, zonas residenciales, corredores corporativos y colonias populares. Gobernarla exige operación fina, escucha permanente y presencia en todas las colonias. En ese contexto, el resultado de las Copaco muestra que Carlos Orvañanos empieza a consolidar una base territorial propia y sólida.

Tras la elección de las Copaco también hay una lectura rumbo a 2027. No se trata de proclamar una reelección anticipada, sino de reconocer una señal temprana de cara a los comicios del próximo año. La elección vecinal no define el futuro electoral, pero sí muestra quién está construyendo confianza desde abajo.

Apenas dos posiciones quedaron en manos de otros grupos, lo que refuerza la lectura de un reacomodo territorial. Por ello, la interpretación es clara: el proyecto que hoy encabeza la alcaldía obtuvo respaldo de los vecinos.

Cuajimalpa mandó un mensaje: los cuadros que caminan con el alcalde Carlos Orvañanos ganaron terreno. Ese triunfo vecinal puede marcar una nueva etapa rumbo a 2027.

Y Sepa La Bola pero aunque el Gobierno de México ha optado por defender al exgobernador de Sinaloa, Ricardo Rocha Moya, insistiendo en que no existen pruebas en su contra, lo que ha mostrado son pagos del Cartel de Sinaloa a policías y mandos estatales.

Pero existe un expediente no público del que solo se envió un extracto a la Secretaría de Relaciones Exteriores y a la Fiscalía General de la República, con ejemplos de una nómina a servidores públicos. Ese caso ya habría sido presentado ante un  jurado que fue el que decidió judicializarlo, y se prevé que en los próximos días se conozcan más detalles.

En Corto: Puebla: combate real al huachicol

El dato más revelador no está solo en los litros recuperados, sino en la coordinación. Marina, Defensa, Guardia Nacional, policía estatal y PEMEX operan de forma conjunta.

Raúl García Araujo @araujogar

 

Puebla está colocando cifras sobre la mesa y con ellas construye poder político.

La recuperación de 2.8 millones de litros de hidrocarburos en 2025 y 127 mil 800 litros en lo que va de 2026 no sólo es un dato operativo: es la base de un discurso que busca desmontar la vieja etiqueta del estado como epicentro del huachicol.

El gobierno de Alejandro Armenta ha entendido que en el México actual los números son narrativa. Por eso, junto al combate al robo de combustible, presume 33 vialidades pavimentadas, 146 kilómetros intervenidos y beneficios para 1.9 millones de habitantes.

A ello se suma un crecimiento exponencial en capacidad operativa: de dos máquinas a 277 distribuidas en 16 módulos, con la meta de alcanzar 15 trenes de pavimentación este mismo año.

El respaldo de PEMEX también tiene números y mensaje: 19 certificados de obra, 10 patrullas, 6 mil toneladas de AC-20 y un millón de litros de combustible entregados a municipios.

No es sólo apoyo técnico, es validación política desde el gobierno federal que encabeza Claudia Sheinbaum.

Aquí está el sello del actual gobierno poblano: vincular seguridad con obra pública y convertir esa relación en legitimidad.

Mientras se decomisan millones de litros de combustible robado, se pavimentan calles, se rehabilitan carreteras y se refuerza la presencia institucional en territorio.

Es una lógica simple pero efectiva: resultados medibles en seguridad, resultados visibles en infraestructura.

El dato más revelador no está solo en los litros recuperados, sino en la coordinación. Marina, Defensa, Guardia Nacional, policía estatal y PEMEX operan de forma conjunta.

Esa alineación explica por qué Puebla puede hoy presentarse como referente nacional en el combate al huachicol, cuando hace apenas unos años era símbolo del problema.

Armenta ha optado por una estrategia directa: contrastar su gobierno con el pasado y sostener esa diferencia con cifras. Decir que antes el gobierno era parte del problema no es retórica aislada, es un intento de capitalizar políticamente cada resultado obtenido.

En ese contexto, el liderazgo de Alejandro Armenta no se construye desde el discurso, sino desde la ejecución: números que avanzan, obras que se ven y una coordinación institucional que da resultados.

Hoy, Puebla no sólo cambia indicadores, también redefine quién conduce el rumbo político del estado.

 

En Cortito: Nos cuentan que el anuncio del Ayuntamiento de Cuernavaca, encabezado por José Luis Urióstegui Salgado, sobre la instalación de cien nuevos parabuses inteligentes representa un paso firme hacia una visión más moderna, ordenada y funcional de la ciudad.

Nos dicen que no se trata únicamente de infraestructura urbana, sino de una apuesta seria por reorganizar la movilidad con criterios de eficiencia, seguridad e inclusión social, en una capital que desde hace años demanda soluciones concretas en el espacio público.

Uno de los aspectos más relevantes del proyecto es su enfoque integral, que no se queda en lo estético ni en lo superficial, sino que busca transformar la experiencia cotidiana de quienes dependen del transporte público.

Los nuevos parabuses no solo atenderán la necesidad básica de resguardo para los usuarios, sino que incorporarán iluminación solar, accesibilidad universal y herramientas digitales como códigos QR vinculados a la atención de emergencias, lo que refuerza el componente de seguridad y respuesta inmediata.

Este tipo de soluciones colocan a la capital de Morelos en una ruta de modernización urbana que entiende que la tecnología y la seguridad no son conceptos aislados, sino elementos que deben convivir y funcionar dentro del espacio público cotidiano.

Más allá de la obra en sí, este proyecto refuerza la narrativa de un gobierno municipal que ha buscado priorizar la rehabilitación urbana con sentido práctico, planeación y visión de futuro.

La inversión en movilidad ordenada, segura e incluyente coloca a la administración de José Luis Urióstegui Salgado en una línea de acción que apunta a consolidar una ciudad más funcional, moderna y con mejores condiciones de vida para los morelenses.

Pongamos el desorden: Rocha Moya, la telenovela que Morena no quería contar

Pongamos el desorden: Rocha Moya, la telenovela que Morena no quería contar

En pleno Congreso Nacional, Morena optó por no arropar a Rocha como lo ha hecho en otros casos. ¿Prudencia? ¿Cálculo? ¿O la intuición de que este expediente no se puede contener con disciplina partidista?

Miguel Camacho @mcamachoocampo

La telenovela derivada de las acusaciones contra el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, sigue acumulando capítulos. Pidió licencia temporal para dejar su cargo como mandatario local. El Congreso estatal la aprobó el sábado y, en tiempo récord, nombró gobernadora interina a Yeraldine Bonilla Valverde, su exsecretaria de Gobierno. Ella, en su primer mensaje, le envió “respeto y solidaridad” y dejó claro que “confiamos en su inocencia”.

Mientras tanto, el domingo 3 de mayo se realizó el VIII Congreso Nacional Extraordinario de Morena. La silla asignada a Rocha quedó vacía. No hubo respaldo colectivo, ni el clásico “¡No estás solo!”. La mayoría de legisladores y dirigentes se deslindaron con una frialdad que dice más de lo que pretende ocultar: “Que la FGR investigue”, “no habrá impunidad si hay pruebas”. Solo Gerardo Fernández Noroña expresó confianza en su inocencia, aunque con matiz: si hay culpabilidad, no habrá protección. Algunos militantes de Sinaloa intentaron corear “Rocha amigo, Sinaloa está contigo”, pero el eco fue débil… y breve.

Rocha, por su parte, insiste: “Tengo la conciencia tranquila. Son falsas y dolosas las acusaciones. No voy a permitir que me utilicen para dañar al movimiento”.

Aquí empiezan las preguntas incómodas.

¿De verdad alguien cree que un cártel que controla plazas, mueve fentanilo y ha dominado el Triángulo Dorado durante décadas no tiene capacidad para influir en gobiernos locales? ¿O seguimos fingiendo que la narcopolítica es solo una narrativa gringa cuando conviene?

La respuesta oficial es predecible: presunción de inocencia, defensa de la soberanía y “esperar pruebas irrefutables”. Sheinbaum lo dejó claro: no se encubrirá a nadie, pero tampoco se actuará sin elementos sólidos. El problema es que, mientras se administra el discurso, el poder territorial real en Sinaloa sigue siendo una incógnita incómoda.

Esto no es solo el caso de un gobernador de 76 años. Es algo más profundo: la evidencia de que, en ciertas regiones del país, la línea entre Estado y crimen organizado no siempre es visible… y a veces parece inexistente. Morena llegó prometiendo romper con el viejo régimen; hoy enfrenta la tarea —mucho más compleja— de explicar por qué uno de los suyos aparece señalado por la justicia estadounidense.

La licencia temporal es un movimiento político eficaz: baja la presión, compra tiempo y mantiene el control dentro del partido. Pero no resuelve el fondo. Sinaloa sigue siendo Sinaloa. El cártel no pidió licencia. Y la ciudadanía observa, otra vez, el mismo guion: comunicados, silencios estratégicos y promesas de que “ahora sí” habrá consecuencias.

En pleno Congreso Nacional, Morena optó por no arropar a Rocha como lo ha hecho en otros casos. ¿Prudencia? ¿Cálculo? ¿O la intuición de que este expediente no se puede contener con disciplina partidista?

La pregunta de fondo es más incómoda: ¿hasta dónde llega realmente la infiltración del crimen en las estructuras de poder? ¿Estamos ante un caso aislado o ante uno de los pocos que sí se exhiben?

La respuesta no la dará un comunicado ni una consigna. La dará la realidad cotidiana en Culiacán, Mazatlán y el Triángulo Dorado.

Mientras tanto, la telenovela sigue. Y esta vez, Morena no controla del todo el guion.

Sepa La Bola: Sinaloa: menos homicidios, más violencia y crisis política

Sinaloa no está entrando a una fase de pacificación, sino a una etapa de reconfiguración de la violencia, y para colmo el señalamiento de su gobernador como cómplice de la delincuencia organizada que ha mostrado su poderío en muchas ocasiones, la más: el ‘Culiacanazo’.

Claudia Bolaños @claudiabola

Los números pueden contar una historia, pero rara vez cuentan toda la historia. En Sinaloa, el primer trimestre de 2026 ofrece un ejemplo claro: los homicidios bajan, pero la violencia no cede. Se transforma.

A simple vista, la reducción en asesinatos podría interpretarse como una señal de mejora. Después de meses con niveles alarmantes derivados de la disputa interna del Cártel de Sinaloa, el descenso reciente parece marcar una pausa. Pero no es lo mismo una caída sostenida que una desaceleración después de un pico crítico. El acumulado sigue siendo alto y el contexto no ha cambiado de fondo.

Porque mientras los homicidios disminuyen, otros delitos avanzan en sentido contrario. Las lesiones dolosas crecen, los robos mantienen presión y la violencia familiar se expande. Es decir, la violencia no desaparece: se desplaza hacia formas más cercanas a la vida diaria. Ya no es solo el enfrentamiento entre grupos criminales lo que define el clima de inseguridad, sino lo que ocurre dentro de las colonias, en los hogares, en los espacios comunes.

Ese cambio es más profundo de lo que parece. Un homicidio impacta por su gravedad, pero la suma de agresiones, robos y conflictos cotidianos erosiona de manera constante la percepción de seguridad. Es una violencia menos visible en titulares, pero más persistente. Y, en muchos casos, más difícil de contener.

El problema es que el discurso oficial suele anclarse en los indicadores más visibles. Desde el gobierno encabezado por Claudia Sheinbaum Pardo se ha insistido en que hay avances en seguridad. Y es cierto: la baja en asesinatos es un dato que no se puede ignorar. Pero tampoco se puede aislar del resto del panorama.

Porque el balance completo cuenta otra cosa: miles de víctimas en apenas tres meses, una tendencia creciente en la incidencia total y un estado que sigue marcado por la disputa criminal. Sinaloa no está entrando a una fase de pacificación, sino a una etapa de reconfiguración de la violencia, y para colmo el señalamiento de su gobernador como cómplice de la delincuencia organizada que ha mostrado su poderío en muchas ocasiones, la más: el ‘Culiacanazo’.

Y Sepa La Bola pero en este contexto las críticas al gobierno estatal tienen mayor peso.  Ejemplo es el Gibrán Ramírez Reyes, ex militante de Morena, quien ha sido particularmente contundente al señalar al gobernador Rubén Rocha Moya.

“Llevo años denunciando a Rubén Rocha Moya y a su gobierno mafioso. No me he callado ante el vil asesinato de Héctor Melesio Cuén, ni lo haré. Lo he dicho en tribuna, en entrevistas, en Puntos de Acuerdo, y en cada espacio público disponible. Hoy reitero que a nadie le conviene que Sinaloa siga hundido en una crisis de gobernabilidad. Ni al Estado mexicano, ni a la presidenta, ni a las y los sinaloenses, a ningún habitante de la república”.

El señalamiento no es menor. En un contexto donde desde el gobierno federal se insiste en la necesidad de pruebas contundentes para sostener acusaciones, especialistas en derecho han subrayado un punto clave: dichas pruebas se desahogan y se valoran durante el juicio, no necesariamente como requisito previo para solicitar la extradición del gober, quien ventiló que la presidenta le pidió: «Ya no digas en públicoque estamos en contacto ni que te estoy respaldando».

La consigna de que el mandatario estatal “no está solo” contrasta con un entorno donde las dudas crecen, no solo por la violencia, sino por la percepción de que las instituciones no están logrando contenerla ni explicarla. Ahí es donde la discusión deja de ser únicamente jurídica y se vuelve política: confianza, legitimidad y gobernabilidad.

El riesgo es doble. Por un lado, normalizar una violencia que cambia de forma pero no desaparece. Por el otro, permitir que esa violencia erosione la confianza en el gobierno sin que haya respuestas claras.

Sinaloa hoy no es menos violento. Es violentamente distinto. Y también políticamente más frágil. Será muy interesante y observada la próxima contienda electoral.

Y Sepa La Bola, pero el tiroteo en Teotihuacán dejó señales. La reapertura del sitio tras un hecho violento, con rastros visibles de sangre en la zona de la Pirámide de la Luna, es inaceptable, como se ha evidenciado en redes sociales. Eso proyecta una imagen inquietante: la prisa por volver a la normalidad sin procesar lo ocurrido.

No es únicamente un asunto operativo. Es una cuestión de sensibilidad institucional. Cuando un espacio con ese peso simbólico se reactiva sin atender siquiera esos detalles, el mensaje es claro: la violencia puede incorporarse al paisaje cotidiano sin mayor consecuencia.

Pongamos el desorden: Se le borró la sonrisa a la 4T

Pongamos el desorden: Se le borró la sonrisa a la 4T

La Secretaría de Relaciones Exteriores habló de “falta de elementos de prueba” y anunció una nota de extrañamiento. Cuando se trata de los suyos, exigen respeto a la soberanía y presunción de inocencia absoluta.

Miguel Camacho @mcamachoocampo

La 4T recibió un golpe seco a su ya muy gastada línea de flotación. El gobierno presumía que había llegado para acabar con la corrupción y la impunidad del viejo régimen. Este miércoles 29 de abril, el Departamento de Justicia de Estados Unidos acusó formalmente al gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y a otros nueve funcionarios y exfuncionarios morenistas —entre ellos el senador de la República Enrique Inzunza Cázares y el alcalde de Culiacán— por presunta conspiración para importar fentanilo, heroína y otras drogas a Estados Unidos, además de protección al Cártel de Sinaloa (facción de “Los Chapitos”) y posesión de armas de guerra.

Según la imputación, Rocha Moya habría recibido apoyo del cártel para ganar la gubernatura en 2021, incluyendo intimidación y secuestros a rivales políticos, y a cambio habría ofrecido protección institucional. Las penas posibles van desde 40 años de prisión hasta cadena perpetua.

La respuesta oficial no se hizo esperar. Rubén Rocha Moya rechazó categóricamente las imputaciones, asegurando que “carecen de veracidad y fundamento alguno” y que se demostrará “con toda contundencia” en el momento oportuno. Por su parte, el senador Enrique Inzunza Cázares calificó las acusaciones como “falsas y dolosas”, las enmarcó como un ataque directo contra la Cuarta Transformación, Morena y el expresidente Andrés Manuel López Obrador, y las vinculó a su defensa de la soberanía nacional en el Senado.

La Secretaría de Relaciones Exteriores habló de “falta de elementos de prueba” y anunció una nota de extrañamiento. Cuando se trata de los suyos, exigen respeto a la soberanía y presunción de inocencia absoluta.

Qué curioso contraste.

Apenas este martes, la misma 4T y sus voceros querían quemar en leña verde a la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, por no haber acudido a la invitación de dos comisiones del Senado para hablar del llamado “CIA-Gate”. La acusaron de traición a la patria e incluso hablaron de juicio político. La propia presidenta Sheinbaum señaló que el asunto no se cerraba con la renuncia del fiscal y que la investigación seguiría. Hoy ese tema ya quedó en el olvido.

Ahora, con un gobernador de Morena y un senador de su bancada señalados directamente por nexos con el cártel de Sinaloa, el discurso cambia por completo: “son infundadas”, “falsas y dolosas”, “ataque a la soberanía”, “no nos han compartido las pruebas”.

Se les borró la sonrisa porque este caso toca hueso. Sinaloa es el bastión histórico del Cártel de Sinaloa. Rubén Rocha Moya no es un funcionario menor: es el máximo representante del movimiento en el estado. La acusación llega después de años de la estrategia de “abrazos, no balazos”, de minimizar el poder del crimen organizado y de culpar siempre a factores externos.

Lo más incómodo es el doble estándar evidente: cuando la imputación salpica a la oposición, se celebra como un triunfo de la justicia y se exige cabeza inmediata. Cuando salpica a Morena, se convierte automáticamente en “persecución política”. La presunción de inocencia, al parecer, solo aplica cuando el acusado porta la playera guinda.

Los mexicanos merecemos algo mejor que esta doble vara moral. Merecemos que la ley se aplique por igual, sin importar el color del partido. Si de verdad se cree en la transformación, la primera que debe transformarse es esta incapacidad de reconocer cuando uno de los propios enfrenta acusaciones graves.

Mientras Rocha e Inzunza aseguran que las imputaciones carecen de fundamento y la cancillería exige elementos, la realidad en Sinaloa sigue siendo terca: un estado controlado por el cártel más poderoso del continente, con su gobernador y un senador de Morena ahora acusados en Nueva York de haber hecho pactos con “Los Chapitos”.

La sonrisa triunfal que la 4T mostraba cuando arrasaba en las urnas hoy luce más forzada que nunca. Porque gobernar no es solo ganar elecciones. Es también asumir responsabilidad cuando el poder se pudre desde adentro.

En Corto: Harfuch, Morales y Trevilla golpean al CJNG

La operación que derivó en la captura de “El Jardinero”, operador cercano a Rubén Oseguera Cervantes, muestra un intento claro por desarticular estructuras completas, no solo figuras visibles.

Raúl García Araujo @araujogar

La detención de Audias “N”, alias “El Jardinero”, y de César “N”, “El Güero Conta”, obliga a una lectura estructural.

No se trata únicamente de un operativo exitoso, sino de un golpe directo a las estructuras de mando, operación y financiamiento del Cártel Jalisco Nueva Generación.

La clave no está solo en la captura, sino en el alcance del impacto: liderazgo y recursos, dos pilares de cualquier organización criminal, fueron vulnerados de manera simultánea.

Hay un elemento central que no puede ignorarse: la apuesta por inteligencia sostenida. Diecinueve meses de seguimiento, cruces de información y vigilancia táctica no son menores en un país donde históricamente la reacción ha sustituido a la planeación.

La operación que derivó en la captura de “El Jardinero”, operador cercano a Rubén Oseguera Cervantes, muestra un intento claro por desarticular estructuras completas, no solo figuras visibles. En esa lógica, la detención de “El Güero Conta” refuerza el golpe al atacar el andamiaje financiero.

Aquí es donde el matiz importa. Si bien estas organizaciones tienen capacidad de reemplazo, la captura simultánea de un operador clave y de su responsable financiero sí representa una afectación real en el corto plazo.

Se interrumpen cadenas de mando, se desordenan rutas logísticas y se presionan los mecanismos de financiamiento. No es el desmantelamiento definitivo, pero sí un debilitamiento tangible.

En ese contexto, el papel del gabinete encabezado en seguridad por Omar García Harfuch, junto con Raymundo Pedro Morales Ángeles y Ricardo Trevilla Trejo, adquiere relevancia.

No solo por el resultado, sino por la ejecución coordinada. Inteligencia naval, seguimiento militar y operación táctica confluyeron en una acción de precisión que pocas veces se logra con este nivel de sincronía.

La figura de la presidenta Claudia Sheinbaum también entra en el análisis. Estos operativos reflejan una línea de mando definida y un intento por mantener control político sobre las decisiones de seguridad.

Eso puede traducirse en coherencia estratégica, pero también implica que los resultados —positivos o negativos— recaen directamente en la conducción presidencial.

Otro punto clave es la cooperación con Estados Unidos. El caso de “El Jardinero”, con orden de extradición y seguimiento por agencias internacionales, vuelve a colocar sobre la mesa una relación bilateral basada en intercambio de inteligencia.

La reacción violenta tras las detenciones —vehículos incendiados y focos de tensión— confirma que el golpe tuvo profundidad. Cada afectación a estas estructuras genera respuestas inmediatas.

La contención rápida por parte del Estado evita escaladas mayores, pero también evidencia que el control territorial sigue en disputa.

Finalmente, el impacto financiero no es menor. La detención del operador encargado del lavado de dinero y el seguimiento a sus redes representan una vía más eficaz para debilitar a largo plazo a estas organizaciones.

Sin recursos, la capacidad de recomposición se reduce significativamente.

En suma, lo ocurrido no es un episodio aislado ni un simple éxito operativo.

Es un golpe relevante que debilita al CJNG en sus estructuras clave. Marca una dirección: inteligencia, coordinación y ataques simultáneos a liderazgo y financiamiento.

El reto, como siempre, será sostener esa presión en el tiempo para que el debilitamiento no sea temporal, sino acumulativo.

 

En Cortito: Nos cuentan que lo que comenzó como una investigación local terminó por convertirse en un modelo nacional de combate a la colusión entre autoridades y crimen organizado.

La llamada Operación Enjambre no nació en los escritorios federales ni en grandes anuncios políticos.

Fue impulsada desde la Fiscalía del Estado de México bajo la conducción de José Luis Cervantes Martínez, a partir de un caso que evidenció algo más profundo que la violencia: la infiltración del crimen en estructuras institucionales de seguridad y gobierno.

Los resultados son difíciles de ignorar. Más de mil 146 años de prisión acumulados en sentencias contra 20 objetivos prioritarios no son un dato estadístico cualquiera. Son el reflejo de un proceso judicial sostenido que logró ir más allá del arresto y llegar a la etapa más compleja del sistema: la condena.

La operación también exhibe una realidad incómoda: la participación de servidores públicos en delitos como homicidio, secuestro, extorsión y desaparición forzada.

El alcance de las sentencias contra ex policías municipales, ex comisarios, ex alcaldes y mandos de seguridad refuerza una lectura política más amplia: el problema de seguridad no puede entenderse únicamente desde el enfrentamiento armado o la presencia del crimen organizado en territorio, sino desde la captura institucional en niveles de gobierno local.

Al final, el punto de fondo es claro. Combatir al crimen organizado sin tocar la corrupción institucional es una estrategia incompleta. Ningún despliegue operativo es suficiente si las estructuras internas siguen siendo permeables o cómplices.

Lo que puso sobre la mesa José Luis Cervantes Martínez es precisamente esa dimensión: que la línea entre autoridad y delincuencia, cuando se cruza, no puede quedar en el terreno político o administrativo, sino que debe investigarse, judicializarse y sancionarse con la misma contundencia que cualquier otro delito de alto impacto.