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El verdadero problema está en qué leemos, cómo leemos y, sobre todo, en que no entendemos lo que leemos.

Miguel Camacho @mcamachoocampo

No dejan de sorprenderme los milagros que realiza la 4T. Según los datos más recientes, en México 8 de cada 10 personas dicen leer. Pasamos, casi por arte de magia, de un país donde el número de lectores iba en picada, a uno que presume una recuperación casi milagrosa.

Pero como todo milagro estadístico, conviene leer la letra chiquita.

Las cifras presentadas a finales del año pasado por el INEGI tienen varios asegunes. El primero —y no menor— es que el instituto bajó la edad de la muestra de 18 a 12 años. Con ese simple ajuste, los resultados dejan de ser comparables con los años anteriores. Habrá que esperar futuras mediciones con una muestra homogénea para saber si, en efecto, estamos leyendo más… o solo contando distinto.

Sin querer echar agua fría a la fiesta del “aumento en los niveles de lectura”, buena parte del crecimiento se explica por la inclusión de un sector en edad escolar. Lectores cautivos, pues. No necesariamente lectores formados.

Pero dejando los números de lado, creo que el problema no está en si los mexicanos leemos o no. El verdadero problema está en qué leemos, cómo leemos y, sobre todo, en que no entendemos lo que leemos.

En esta era digital leemos pantallas, encabezados, hilos interminables, mensajes de WhatsApp, memes con fondo político y síntesis informativas que a veces parecen novelas de terror.

Leemos rápido. Fragmentado. Sin pausa.

Lo que no hacemos —y eso lo confirman las pruebas serias— es comprender.

Mientras el gobierno presume como logro que el 79% de los mexicanos leyó algo el último año, las pruebas PISA nos devuelven la imagen incómoda del espejo: la mitad de los jóvenes de 15 años no puede identificar la idea principal de un texto largo ni distinguir un hecho de una opinión. Solo el 1% alcanza niveles de excelencia. Uno. Punto.

No estamos ante un país lector.

Estamos ante un país que consume letras.

A eso los especialistas le llaman analfabetismo funcional: personas que saben decodificar palabras, pero no procesar ideas. Gente que lee, pero no resume, no cuestiona, no conecta. Una forma elegante de decir que tenemos una sociedad particularmente vulnerable a la manipulación.

¿Y cómo se intenta corregir esto desde el poder? Regalando libros. Millones de libros.

La colección 25 para el 25 del Fondo de Cultura Económica es, sin duda, una proeza logística y un gesto políticamente rentable. Libros gratis, autores fundamentales, distribución continental. La foto es perfecta.

Pero aquí viene la pregunta incómoda:

¿Estamos creando lectores o solo llenando estantes?

Un libro en manos de alguien que no comprende lo que lee es, en el mejor de los casos, un objeto decorativo. En el peor, papel reciclable con prestigio intelectual. Regalar Guerra en el paraíso a quien batalla para identificar sujeto y predicado es un acto de romanticismo ciego. Muy noble. Muy inútil.

El fetichismo del libro —creer que el objeto, por sí solo, transforma— ha sustituido la discusión de fondo:

¿Quién está enseñando a leer con profundidad?

¿Quién acompaña la lectura, la cuestiona, la vuelve conversación y no solo estadística?

Porque leer por gusto no es el problema.

El problema es leer sin herramientas, leer sin detenerse, leer sin incomodarse, leer sin pensar.

Cambiamos la escasez de libros por la escasez de pensamiento crítico. El desabasto ya no es editorial; es cognitivo.

Una sociedad que lee pero no entiende es mucho más dócil que una que no sabe leer. Porque cree que sabe. Porque se siente informada. Porque repite sin cuestionar.

Tal vez por eso el verdadero problema no sea cuántos libros se regalan, sino cuántas ideas se discuten. No cuántas páginas se recorren, sino cuántas se digieren.

En México, la lectura se volvió una cifra de buena voluntad. La comprensión sigue siendo una deuda incómoda.

Pongamos el desorden empezando por admitirlo: leer no nos está salvando… porque no estamos entendiendo nada.

EN EL TINTERO.

Menuda revuelta se ha armado por el aterrizaje de un avión militar estadounidense en el Aeropuerto de Toluca.

Las explicaciones del gobierno no han hecho más que levantar más polvo.