Según el Banco Mundial, cuatro de cada cinco niños al final de la escuela primaria en América Latina y el Caribe (cerca del 80 %) no pueden comprender un texto simple.
Miguel A. Camacho Ocampo @mcamachoocampo
En días pasados acompañé a mi hermana, a mi cuñado y a mi sobrino a un acto poco común en la Escuela Berta von Glümer, en la Ciudad de México. No era una entrega de premios ni una clase muestra. Era u na firma de autógrafos: niños presentando libros escritos por ellos mismos como parte del proyecto Estante Mágico.
Sí, leyó bien: niños autores.
Estante Mágico, iniciativa nacida en Brasil que ya ha convertido en autores publicados a más de un millón de niños en varios países de América Latina, entendió algo que muchos sistemas educativos siguen sin procesar: uno no se enamora de los libros por obligación, sino por apropiación. Y no hay forma más radical de apropiarse de la lectura que escribir, ilustrar y ver tu propia historia convertida en libro físico.
En una región donde las cifras de comprensión lectora son alarmantes, el contraste es brutal. Según el Banco Mundial, cuatro de cada cinco niños al final de la escuela primaria en América Latina y el Caribe (cerca del 80 %) no pueden comprender un texto simple. Esta cifra empeoró significativamente tras la pandemia. Mientras tanto, los algoritmos de TikTok y YouTube perfeccionan cada día su capacidad para capturar atención y reducirla a segundos, entrenando consumidores voraces de lo inmediato y lo olvidable.
Frente a eso, esto: un niño que escribe un libro.
El proceso tiene algo casi subversivo. Los pequeños imaginan, narran, ilustran. Y luego, lo impensable en esta era digital: su historia se convierte en objeto. Un libro real, con portada, con lomo, con páginas que se pueden tocar y ese olor a tinta que quienes crecimos entre papel aún recordamos con cariño. El llamado “Día de Autógrafos” no es un capricho ni un ejercicio de vanidad infantil. Es un rito de paso. Es el instante en que el niño entiende —quizá por primera vez— que sus ideas pesan, que su voz existe y que la cultura no es un club cerrado al que solo se accede como espectador.
Hoy que tanto se habla del rezago educativo y de la desconexión de los jóvenes con la lectura, las autoridades mexicanas deberían dejar de conformarse con fotos repartiendo libros y presumir cifras de títulos publicados. El fomento a la lectura en México ha apostado durante años por regalar libros y multiplicar ejemplares. La intención puede ser loable; el resultado, francamente insuficiente.
Porque el problema no es la falta de libros. Es la falta de vínculo. Regalar un libro puede generar simpatía momentánea y buenas fotografías; difícilmente construye lectores si no hay un puente emocional profundo. Mientras tanto, proyectos como Estante Mágico no reparten libros: construyen autores. Y en ese giro está la diferencia sustancial que los burócratas educativos parecen no querer ver.
No todos estos niños serán escritores, periodistas o editores. Pero todos habrán aprendido algo más importante y duradero: que el libro no es una reliquia ajena del siglo pasado, sino una herramienta propia, una extensión de su imaginación y su capacidad de contar el mundo.
A sus cuatro años, mi sobrino no solo está aprendiendo a leer. Está aprendiendo que puede contar.
Y en un país saturado de clics fáciles, opiniones instantáneas y verdades de 30 segundos, que un niño descubra eso no es un detalle menor.
Es, en realidad, una forma silenciosa —y profundamente incómoda para el statu quo— de resistencia contra el algoritmo.






