En un mundo donde la inteligencia artificial ya sabe qué vas a decir mañana, la única forma de seguir siendo humanos es volverse, por fin, impredecibles.
Miguel Camacho @mcamachoocampo
El próximo mes de abril se cumplirán 15 años de que el Instituto Nacional de Antropología e Historia me invitara a dar una conferencia en el Primer Seminario Iberoamericano de Periodismo y Patrimonio Cultural. En mi participación, titulada “Periodismo en internet, la guerra por el clic”, comenté que los periodistas ya no solo teníamos que pensar en la foto, en la edición de video o en una cabeza atractiva; también teníamos que pensar en palabras clave, motores de búsqueda y formatos multimedia. En otras palabras, debíamos hacer nuestro contenido más seductor para triunfar en el nuevo ecosistema y así conquistar, además de al público, al algoritmo.
Quince años después, esas fórmulas matemáticas —que nadie atina a explicar del todo pero que ya gobiernan nuestros gustos— nos han llevado a la era de la “libertad asistida”. Nunca antes habíamos tenido tantas opciones al alcance de un clic y, sin embargo, nunca habíamos sido tan predecibles. Bajo la promesa de ahorrarnos el tedio de elegir, hemos entregado las llaves de nuestra voluntad a sistemas que nos conocen mejor que nosotros mismos.
Bienvenidos a esta nueva forma de control. El mecanismo es tan sutil que resulta inquietante: no hay tanques en las calles, sino notificaciones personalizadas. El algoritmo no prohíbe: rediseña el escenario hasta que cualquier otra opción parezca inexistente. Es un pasillo infinito de espejos que solo reflejan lo que ya pensamos y lo que ya somos.
Esta comodidad tiene un precio: la atrofia del criterio. Al delegar decisiones —desde la ruta al trabajo hasta la música del café— perdemos el músculo de la curiosidad. El algoritmo detesta la sorpresa porque su función es eliminar la fricción, pero es precisamente en la fricción donde nace el pensamiento crítico. Si solo consumimos lo que el sistema predice, nos condenamos a una dieta de puré: fácil de digerir, pero incapaz de hacernos crecer.
En lo social, las consecuencias son profundas. La polarización no es una conspiración: es un modelo de negocio. El conflicto genera engagement y la indignación cotiza mejor que la serenidad. Así terminamos atrapados en burbujas donde el “otro” no es alguien con quien debatir, sino un error de la matriz que debe ser aniquilado. Pasamos de la plaza pública al silencio cómodo de las cámaras de eco.
¿Qué nos queda? Si el control es digital, la resistencia debe ser analógica y caótica. Reivindicar el derecho a equivocarnos, a leer el libro sin reseñas o a perdernos en la ciudad sin el mapa digital. El verdadero acto de rebeldía en este 2026 no es desconectarse, sino introducir ruido en el sistema.
Pongamos el desorden en la base de datos. Rompamos el patrón. Busquemos lo que la máquina jamás nos recomendaría. Porque en un mundo donde la inteligencia artificial ya sabe qué vas a decir mañana, la única forma de seguir siendo humanos es volverse, por fin, impredecibles. La libertad no es elegir entre lo que nos dan, sino tener la audacia de buscar lo que el algoritmo jamás pensó que buscaríamos.
EN EL TINTERO
El domingo se conmemoró el Día Internacional de la Mujer. Falta mucho camino para tener un mundo justo para todos.






