AMLO concentró poder mediante reformas legales, control narrativo y debilitamiento de órganos autónomos, pero sin clausurar por completo el juego electoral ni eliminar a la oposición.
Miguel Camacho @mcamachoocampo
Desde la llegada de la 4T al poder, en 2018, se ha hablado mucho de que México se acerca a un régimen totalitario, incluso a una dictadura. No han faltado las comparaciones con los gobiernos de Nicaragua, Venezuela o Cuba.
Pero conviene ser claros. Estos liderazgos, más que imponerse por la fuerza bruta, llegan y se consolidan gracias a una coyuntura perfecta: cuando el enojo social, la desconfianza en las instituciones y el hartazgo con “los de siempre” se alinean en un momento histórico. En ese instante, el poder no se arrebata: la sociedad lo ofrece como salvación colectiva.
Hugo Chávez canalizó el resentimiento acumulado y lo convirtió en votos masivos. Fidel Castro leyó la humillación nacional como gasolina política. Daniel Ortega recicló la revolución en patrimonio familiar. Nicolás Maduro heredó el sistema y lo defendió con represión abierta y miedo institucionalizado. Donald Trump transformó el agravio cultural en una identidad política vibrante y disruptiva. Andrés Manuel López Obrador hizo del hartazgo moral una narrativa permanente que permeó el imaginario colectivo.
No son iguales. Ninguno de los líderes mencionados proviene del mismo origen ideológico ni gobierna o gobernó con el mismo nivel de brutalidad o deterioro institucional. Maduro y Ortega cruzaron líneas de autoritarismo explícito —elecciones ampliamente cuestionadas, presos políticos en masa, represión violenta— que Trump o AMLO no replicaron en igual escala.
Trump operó y opera dentro de un sistema de contrapesos que resistió sus embates más extremos; AMLO concentró poder mediante reformas legales, control narrativo y debilitamiento de órganos autónomos, pero sin clausurar por completo el juego electoral ni eliminar a la oposición.
Sin embargo, en su forma de actuar hay un parecido inquietante: todos detectan una herida real —desigualdad, corrupción, exclusión, captura elitista— y se presentan como el único antídoto posible.
Ahí el poder deja de ser un encargo temporal y se convierte en identidad personal.
El historiador inglés Lord Acton lo advirtió hace más de un siglo, cuando no había ni redes sociales ni polarización digital: “ el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente.” La frase aparece en una carta de 1887 y vale la pena recordarla, porque no habla de izquierdas ni de derechas, sino de una tentación humana universal.
George Orwell fue todavía más crudo. En sus ensayos —y de forma brutal en “1984”— insistió en que el poder no es un medio; es un fin. Cuando gobernar deja de ser servicio y se convierte en necesidad vital del líder, la democracia no cae de golpe: se acostumbra a la erosión lenta.
Ninguno de estos proyectos clausuró la democracia con tanques en la calle. La adelgazaron poco a poco. Desprestigiaron a la prensa cuando criticaba. Cuestionaron a los jueces cuando estorbaban. Etiquetaron la disidencia como traición o conspiración. Ajustaron reglas electorales “por el bien del pueblo”. Todo fue legal. Todo se justificó con encuestas o mayorías. Todo fue gradual.
Hitler suele invocarse como ejemplo extremo que muchos prefieren evitar. No porque todos los caminos lleven inevitablemente a él, sino porque su ascenso fue democrático en sus primeras etapas: supo leer una coyuntura de humillación nacional, crisis económica y desprestigio institucional. Recordarlo no es comparar; es recordar cómo empiezan las cosas, no cómo terminan.
Bertolt Brecht lo dejó escrito en El ascenso resistible de Arturo Ui: “el vientre que parió a la bestia sigue siendo fértil”. No hablaba solo de la Alemania de los años treinta, sino de cualquier sociedad dispuesta a ceder libertades a cambio de orden, identidad o la promesa de que “al menos alguien gobierna de verdad”.
Seamos honestos: el problema mayor no es solo el líder que concentra poder. Es la sociedad que lo normaliza. La que dice “sí, exagera, pero antes estábamos peor”. La que perdona excesos porque “al menos hay resultados” —o programas sociales—. La que confunde fuerza con carácter y silencio con estabilidad.
El poder no siempre se sostiene con miedo. A veces lo hace con símbolos, relatos épicos y la sensación de pertenencia a algo grande: la 4T, MAGA, la revolución bolivariana.
La historia no se repite exactamente, pero rima. Y cuando las rimas empiezan a sonar demasiado familiares —coyuntura, herida, líder único, erosión gradual y normalización social—, ignorarlas no es prudencia. Es complicidad silenciosa.
El poder no siempre se roba.
A veces se entrega.
Y cuando se convierte en droga, no basta con cambiar al “dealer” en las próximas elecciones. Hay que desintoxicarse como sociedad. Reconstruir una desconfianza sana frente a cualquier concentración indefinida de poder. Recordar que ningún líder, por carismático o “necesario” que parezca, es irreemplazable. Y que la democracia no sobrevive por inercia: sobrevive porque la defendemos todos los días, no solo cada seis años.






