La crisis de vocaciones en la Iglesia Católica no es un fenómeno aislado. Es, más bien, un síntoma particularmente visible de una sociedad que ha aprendido a desconfiar de lo permanente.
Miguel Camacho @mcamachoocampo
Desde hace varios años escucho a amigos y parientes sacerdotes hablar de una crisis de vocaciones. Ya los jóvenes —dicen— no sienten el llamado. En el pueblo de donde soy originario, en el sur del Estado de México, eso dejó de ser diagnóstico y se volvió evidencia.
Cuando era niño, en mi pueblo había sotanas de sobra: diez sacerdotes y hasta un obispo. Hoy quedan dos. Y no ha vuelto a surgir una vocación más.
La situación se volvió más evidente con la cercanía de Semana Santa en la parroquia de Coatepec Harinas, a la que pertenece mi comunidad y que agrupa a 37 localidades. Este año, el párroco tendrá que enfrentar solo uno de los momentos más importantes del calendario litúrgico. Por movimientos recientes en la Diócesis de Tenancingo, se quedó sin vicario y no tendrá apoyo, al menos, hasta julio.
Eso ha obligado a recortar celebraciones, ajustar horarios y, en los hechos, administrar la fe como si fuera un recurso escaso.
Pero ¿cómo se llegó aquí? ¿La fe va en caída libre? ¿Los escándalos han pasado factura? Quizá. Pero reducirlo a eso sería cómodo. Hay algo más silencioso y, al mismo tiempo, más profundo: la dificultad de sostener el compromiso.
Vivimos en la era del “clic” de retorno. Si un producto no nos gusta, lo devolvemos; si una suscripción nos cansa, la cancelamos; si una relación se complica, la reconfiguramos. Nos hemos acostumbrado a salir de todo… incluso de nosotros mismos.
En ese contexto, el compromiso a largo plazo dejó de ser norma y empezó a parecer una excepción. Para algunos, incluso, una forma extraña de heroísmo.
La crisis de vocaciones en la Iglesia Católica no es un fenómeno aislado. Es, más bien, un síntoma particularmente visible de una sociedad que ha aprendido a desconfiar de lo permanente.
Las cifras ayudan a dimensionarlo, aunque no lo expliquen todo. De acuerdo con el Anuario Pontificio y reportes de la Agencia Fides, la población católica mundial supera los 1,400 millones de fieles, mientras que el número de sacerdotes ronda los 406,996. En paralelo, las congregaciones religiosas han perdido miles de integrantes en los últimos años y los seminarios europeos registran caídas cercanas al 5 por ciento.
Pero esos números, leídos desde lo local, adquieren otro peso: en lugares como mi parroquia, significan un solo sacerdote para decenas de comunidades.
La pregunta de fondo es incómoda: ¿por qué un joven hoy asumiría que su “yo” de 20 años puede comprometer al “yo” de 70?
En un mundo que ofrece un menú infinito de opciones, elegir una sola vida —y elegir “para siempre”— empieza a percibirse no como un acto de libertad, sino como una renuncia excesiva.
No es solo un problema de “escucha” al llamado. Es, también, un problema de voluntad para sostenerlo. Porque el reto no está únicamente en entrar, sino en permanecer. No son pocos los casos de sacerdotes que, con los años, abandonan el ministerio por desgaste, crisis personales o falta de acompañamiento.
Y ese desgaste no es exclusivo del campanario.
Lo vemos en otros espacios: en instituciones que ya no forman vocaciones, sino apenas ocupaciones; en profesiones que antes se asumían como proyectos de vida y hoy se viven como escalones temporales; en un servicio público cada vez más orientado al beneficio inmediato. En México abundan los cargos, pero escasean las vocaciones. Y eso también tiene consecuencias.
Hemos pasado, poco a poco, de una lógica de permanencia a una lógica de tránsito.
Por eso, la llamada “crisis de vocaciones” también funciona como espejo. No solo habla de la Iglesia, habla de nosotros.
Si cada vez nos cuesta más sostener decisiones que duren décadas, ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo?
Quizá el problema no sea que los votos resulten demasiado exigentes, sino que hemos dejado de valorar la idea misma de permanecer.
En una época que nos quiere siempre disponibles para cambiar de opinión, comprometerse a largo plazo empieza a ser, más que una carga, una forma de rebeldía.
Y tal vez ahí esté el verdadero fondo del asunto: en nuestra obsesión por no perdernos nada, estamos aprendiendo, sin darnos cuenta, a no quedarnos en nada. Y una sociedad que no sabe quedarse, difícilmente sabe construir.






