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El poder marea, sí, pero también revela de qué están hechos los zapatos de quienes nos juzgan —o deberían juzgarnos—. Aguilar Ortiz puede borrar videos, publicar hilos aclaratorios o invocar su biografía para desviar el foco, pero la imagen ya es indeleble.

Miguel Camacho @mcamachoocampo

Dicen que la política es teatro, pero hay puestas en escena que resultan demasiado honestas para el gusto de sus protagonistas. Lo ocurrido el 5 de febrero de 2026 en Querétaro, minutos antes del acto por el 109 aniversario de la Constitución en el mismísimo Teatro de la República, no fue un simple accidente con una taza de café: fue un desnudo integral de la psicología del poder, en plena calle.

El ministro presidente de la SCJN, Hugo Aguilar Ortiz, apareció de pie, eje corporal perfectamente vertical, manos metidas en los bolsillos del pantalón, mirada baja pero sin urgencia, mientras dos colaboradores —una mujer primero, un hombre después— se agachaban a sus pies para limpiar la supuesta mancha de “café con nata” en sus zapatos. No hubo gesto de incomodidad, ni intento de detener la escena, ni siquiera un paso atrás instintivo. El cuerpo entero proyectaba quietud complaciente.

Joe Navarro, exagente del FBI y experto en lenguaje no verbal, lo explica así: el cuerpo tiene una “jerarquía de honestidad”, y los pies y las piernas son los más sinceros, porque son los últimos en mentir.

Si analizamos el video con las teorías de Navarro, encontramos algo clave: no hay contracción defensiva en los pies del ministro. No retrocede, no cruza los tobillos en protección, no aparece el “reflejo de retirada” ante la invasión del espacio íntimo. Al contrario: hay aceptación pasiva, pertenencia al gesto.

Es la asimetría clásica del poder en acción: mientras los subordinados reducen su estatura física —signo universal de servicio o sumisión—, él permanece inmóvil, erguido, intocable. Dicho sin rodeos: estaba muy contentito.

Horas después, en su cuenta de X, el ministro publicó:

“A mi compañera, directora de Comunicación Social, se le cayó café y nata. […] Esto me tomó por sorpresa y es el momento que ahora se difunde. En cuanto me percaté, le pedí que no continuaran. […] Le ofrezco una disculpa y le reitero mi respeto. Sin duda, este hecho no representa el actuar institucional de la SCJN ni la forma en que conduzco mi desempeño público y privado. No ha habido ni habrá actitudes ni sentimientos de superioridad o de soberbia en mi persona”.

Veamos el mensaje, pero no desde el desorden de un servidor, sino desde la perspectiva del psicólogo estadounidense Paul Ekman y las microexpresiones. Ekman advierte que cuando las palabras contradicen lo observable, surge lo que llama una “fuga de información”.

Si la sorpresa y la “pena” hubieran sido genuinas, como afirma el ministro Aguilar Ortiz, el sistema límbico —el conjunto de zonas cerebrales encargado de regular las emociones— habría disparado una reacción inmediata: manos saliendo de los bolsillos, un gesto claro de freno, un “¡no, por favor!” verbal o corporal. Pero nada de eso ocurrió. Las manos permanecieron ocultas y relajadas durante los 20 o 30 segundos que dura la escena.

La narrativa del “accidente repentino” choca con los gestos de complacencia. No fue descuido: fue normalización del privilegio. El ministro no estaba incómodo; estaba gozando.

La presidenta Claudia Sheinbaum intervino con prudencia. Respaldó la disculpa —“es muy bueno que lo haya hecho”—, pero remató con la frase que podría sonar a advertencia. “hay que mantener una actitud de humildad”.

Eso sí, también lanzó un dardo a quienes criticaron al ministro: sugirió que las críticas venían de quienes están en contra de los cambios en el Poder Judicial. Digamos que fue un “sí, la regó… pero exageran”.

El poder marea, sí, pero también revela de qué están hechos los zapatos de quienes nos juzgan —o deberían juzgarnos—. Aguilar Ortiz puede borrar videos, publicar hilos aclaratorios o invocar su biografía para desviar el foco, pero la imagen ya es indeleble: un alto funcionario con las manos en los bolsillos mientras otros se arrodillan en la calle, justo antes de conmemorar una Constitución que proclama que todos somos iguales ante la ley.

En la política mexicana de 2026, la boca puede mentir con elegancia, pero la postura siempre termina confesando la verdad. Y esta postura grita más fuerte que cualquier mensaje de disculpa.