Una apuesta por cuadros jóvenes, formados dentro del movimiento, que hoy comparten espacio con figuras como Luisa María Alcalde y Omar García Harfuch, perfiles que entienden el pulso de nuevas generaciones y operan con códigos distintos a los de la vieja clase política.
Raúl García Araujo @araujogar
La diplomacia mexicana vive un momento de definición: el relevo generacional dejó de ser discurso para convertirse en poder.
La llegada de Roberto Velasco a la Secretaría de Relaciones Exteriores no solo confirma un nombramiento, sino la consolidación de una nueva élite política formada al calor del obradorismo.
Detrás de su ascenso hay una historia política clara. Fue Marcelo Ebrard quien lo conoció en Chicago, donde Velasco cursaba su maestría, y quien supo leer en él habilidades poco comunes: disciplina técnica, manejo de medios y capacidad de interlocución en el entorno estadounidense.
No dudó en sumarlo al proyecto que en 2018 encabezaba Andrés Manuel López Obrador bajo las siglas del Movimiento de Regeneración Nacional.
Desde la Dirección General de Comunicación Social de la Cancillería, Velasco no solo construyó narrativa, también construyó confianza.
Esa cercanía con Ebrard se tradujo en responsabilidades mayores cuando el propio López Obrador decidió desaparecer la subsecretaría para América del Norte, concentrando el manejo de la relación bilateral en perfiles de absoluta confianza.
Así, en junio de 2020, Velasco asumió la jefatura de la Unidad para América del Norte, desde donde comenzó a operar los temas más sensibles de la agenda con Estados Unidos y Canadá.
Durante seis años estuvo en el centro de negociaciones clave: seguridad, migración, frontera y aguas compartidas. Ya no como operador en la sombra, sino como uno de los rostros visibles de la diplomacia mexicana.
Su paso a subsecretario en octubre de 2025, nombrado por la presidenta Claudia Sheinbaum, y su encargo como titular interino de la Cancillería entre diciembre de ese año y enero de 2026, terminaron de perfilarlo como el relevo natural.
Pero el ascenso de Velasco no se explica solo por su cercanía con Ebrard. Responde a una lógica política más profunda: la transición generacional que impulsó Andrés Manuel López Obrador en la recta final de su gobierno.
Una apuesta por cuadros jóvenes, formados dentro del movimiento, que hoy comparten espacio con figuras como Luisa María Alcalde y Omar García Harfuch, perfiles que entienden el pulso de nuevas generaciones y operan con códigos distintos a los de la vieja clase política.
La presidenta Claudia Sheinbaum parece decidida a profundizar esa ruta: continuidad sin inmovilismo.
En Velasco encuentra a un funcionario que combina lealtad política, experiencia técnica y conocimiento directo de la relación con Washington, justo en un momento donde la agenda bilateral exige precisión y firmeza.
El verdadero reto, sin embargo, comienza ahora. Porque una cosa es crecer bajo la sombra de un liderazgo consolidado y otra muy distinta es ejercer el poder con autonomía, imprimir estilo propio y sostener resultados en un entorno internacional cada vez más volátil.
Velasco representa el cambio generacional que prometió el obradorismo. Pero en política exterior, los relevos no se miden por la edad ni por el discurso, sino por su capacidad para defender intereses nacionales sin margen de error.
Ahí es donde esta nueva generación se juega no solo su legitimidad, sino su permanencia.
En Cortito: Nos cuentan que los números comienzan a jugar a favor del gobernador de Puebla, Alejandro Armenta.
Su aparición dentro del top ten nacional en seguridad, cercanía ciudadana y desempeño general no solo refleja una buena medición, sino una señal política que empieza a trascender el ámbito local.
De acuerdo con la consultora Rubrum, el mandatario poblano se posiciona en el cuarto lugar en Seguridad Pública, quinto en Cercanía con la población y sexto en Desempeño general.
Detrás de esos números hay una estrategia clara. Armenta ha apostado por la coordinación con estados vecinos para contener la delincuencia y por el fortalecimiento tecnológico, como la instalación de torres de videovigilancia.
Son acciones que buscan impactar tanto en la operación como en la percepción, dos variables que hoy pesan por igual en la evaluación ciudadana.
A la par, su administración ha impulsado mecanismos de participación ciudadana y ha insistido en la transparencia como eje de gobierno.
Esta combinación —presencia territorial y narrativa de apertura— explica, en buena medida, su posicionamiento en indicadores de cercanía, un rubro que suele ser determinante en la construcción de capital político.
El posicionamiento de Alejandro Armenta no es casualidad: refleja gestión, estrategia y capacidad de lectura política.






