Los colores ayudan a identificar a los partidos sin necesidad de leer sus nombres. Morena hizo del guinda uno de sus sellos más reconocibles.
Miguel Camacho @mcamachoocampo
El domingo pasado me puse un rompevientos guinda. Nada extraordinario: estaba en el clóset, me gustó y me lo puse. No imaginé que la elección de un color bastara para que alguien me ubicara políticamente.
Un matrimonio amigo me vio y soltó, entre risas: “¿Ya estás con Morena?”
La ocurrencia tenía su gracia, pero después me quedé pensando. ¿En qué momento el guinda dejó de ser solo un color y se convirtió en una credencial política?
Los colores ayudan a identificar a los partidos sin necesidad de leer sus nombres. Morena hizo del guinda uno de sus sellos más reconocibles. Está en su propaganda, en los actos públicos y en las playeras de sus militantes. Hasta ahí, nada extraño. El PRI tiene su tricolor; el PAN, el azul, y el PRD tuvo el amarillo. Fuera de México ocurre lo mismo: el rojo de los laboristas británicos y el azul de los demócratas estadounidenses también distinguen a sus partidos.
El problema empieza cuando esa marca, en este caso el guinda, sale del terreno partidista y llega al gobierno. A eso le llamo el “aguindamiento” de México: cuando el color del partido (Morena) aparece en espacios e instrumentos que deberían tener una identidad institucional propia.
Las placas del Estado de México llevan una franja guinda en la parte inferior. Las de Michoacán también incorporan ese tono. En 2022, el gobierno de Nayarit pintó de guinda la bandera de México en un parque público. El gobernador ofreció disculpas y el funcionario responsable renunció. El episodio mostró que hay límites y que, en ocasiones, se cruzan.
Las placas son documentos oficiales, no propaganda electoral. El gobierno representa a todos los ciudadanos, hayan votado por Morena, por otro partido o por ninguno. Su imagen, por tanto, debería distinguirse de la del partido que lo encabeza.
El asunto no es menor. Cuando un mismo color aparece una y otra vez ligado a un partido y también a las instituciones, la diferencia puede desdibujarse. El riesgo es que terminemos confundiendo al gobierno con el partido y que el poder parezca pertenecer a quienes ganaron la última elección, en lugar de estar al servicio de todos.
No se trata de reclamarle a nadie que se vista de guinda. Cada quien puede ponerse el color que quiera sin convertirse por eso en militante o simpatizante de Morena. Pero algo ocurre cuando un rompevientos basta para que los amigos sospechen una conversión política. Y algo más merece discutirse cuando ese mismo color aparece en documentos oficiales.
A este paso, habrá que revisar el clóset antes de salir de casa. No vaya a ser que, por elegir mal la chamarra, alguien nos cambie de partido sin preguntarnos.






