Rocha quiso imponer su versión: soy inocente, me investigaron, no hay nada, vuelvo a cumplir el mandato. Pero lo anunció por redes, sin avisar a nadie.
Miguel Camacho @mcamachoocampo
El viernes, Rubén Rocha Moya volvió a la gubernatura de Sinaloa con un “Aquí estoy” y la frase de siempre: frente limpia y en alto. Después de 112 días de licencia, dijo que la Fiscalía no había encontrado ni el mínimo elemento de prueba en su contra. En el mismo mensaje habló de patrañas de la ultraderecha nacional y extranjera, de injerencia y de soberanía. Todo muy medido, todo muy de manual.
Menos de día y medio después pidió otra licencia, esta vez indefinida. El Congreso de Sinaloa la aprobó por unanimidad el domingo. En el intermedio, Claudia Sheinbaum y Morena se deslindaron sin rodeos: no los consultaron, la decisión era personal y ningún interés particular está por encima del pueblo y de la nación. Rocha, al salir otra vez, repitió la fórmula del sacrificio: Sinaloa, la nación y el movimiento van primero.
Lo que se vio no fue solo un regreso fallido. Fue un intento de reescribir la historia propia que se estrelló contra la disciplina del partido. Rocha quiso imponer su versión: soy inocente, me investigaron, no hay nada, vuelvo a cumplir el mandato. Pero lo anunció por redes, sin avisar a nadie. En política eso se paga. El que controla el calendario y los interlocutores suele controlar también la interpretación. Él perdió las dos cosas.
Rocha apostó por presentarse como víctima de una embestida externa. Funciona a veces en México, donde cualquier acusación de Estados Unidos se traduce rápido en defensa de la soberanía. Pero dentro de Morena el mensaje fue otro: no se tolera que un gobernador reabra el ruido cuando el gobierno federal prefiere manejar los tiempos. El “frente limpia” se quedó sin piso.
Hay, además, dos relatos que no cierran. Rocha insiste en que la FGR no encontró nada. Estados Unidos mantiene la acusación de nexos con una facción del Cártel de Sinaloa. Mientras tanto, la detención de Fausto Corrales, testigo clave en el caso de Héctor Melesio Cuén y del secuestro de “El Mayo”, vuelve a poner sobre la mesa el expediente de 2024. Cuando hay dos versiones enfrentadas, el vacío lo llena la sospecha. El regreso de 34 horas no lo cerró. Lo agrandó.
Rocha usó el lenguaje de la 4T para justificar su vuelta y el mismo lenguaje para justificar su nueva salida. Los eslóganes de unidad se vuelven comodines cuando se aplican según convenga. Esta vez quedó a la vista: un gobernador que se declara inocente, un partido que se aparta y una presidenta que, sin nombrarlo, recuerda que el interés personal no manda.
El caso sigue abierto. Las pruebas estadounidenses no han llegado o no se han hecho públicas. La investigación mexicana tampoco ha cerrado del todo. Lo que sí quedó claro es que “frente limpia” no se decreta en un mensaje de redes. Se negocia, se coordina y se sostiene. Rocha no lo logró.
EN EL TINTERO
Los días pasan y las especulaciones de qué pasó siguen. Lo que sí está claro es que Rocha Moya está solo.






