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Llegaría a un país donde la violencia no cede, miles de personas permanecen desaparecidas y sus familias siguen buscándolas.

Miguel Camacho @mcamachoocampo

La visita del cardenal Pietro Parolin a México volvió a poner sobre la mesa una pregunta que lleva meses rondando: ¿cuándo vendrá el papa León XIV a nuestro país?

El secretario de Estado del Vaticano se reunió con Claudia Sheinbaum, ofició una misa en la Basílica de Guadalupe y transmitió a la presidenta que el Papa tiene muchas ganas de venir a México.

La invitación sigue abierta.

Pero hay un dato que conviene mirar con atención. El Vaticano ya anunció el primer viaje de León XIV a América Latina. Será del 6 al 17 de noviembre y contempla Uruguay, Argentina y Perú. México no aparece en el itinerario, ni siquiera como escala.

¿Desaire? No necesariamente.

¿Prudencia? Puede ser.

Recibir a un Papa nunca es solamente organizar una misa, cerrar calles y preparar una fotografía para la historia.

Juan Pablo II visitó México cinco veces. Benedicto XVI estuvo en 2012 y Francisco en 2016. Cada visita fue un acontecimiento religioso, pero también movieron complejos engranajes políticos y diplomáticos para que se concretaran.

León XIV no llegaría a cualquier México.

Llegaría a un país donde la violencia no cede, miles de personas permanecen desaparecidas y sus familias siguen buscándolas. Llegaría, además, a un territorio donde sacerdotes y comunidades religiosas también han sido víctimas del crimen organizado.

El Centro Católico Multimedial ha documentado asesinatos y desapariciones de sacerdotes y ha advertido sobre agresiones contra templos y comunidades religiosas.

Es aquí donde aparece la pregunta incómoda.

¿Qué pasaría si al Papa le preguntan por la violencia?

Seguramente se lo preguntarán.

¿Y por los desaparecidos?

También.

¿Y por las víctimas, los migrantes, la pobreza, la impunidad y la inseguridad?

Alguien tendrá que preguntárselo.

Y ahí está el problema.

Si León XIV habla con claridad sobre la violencia y las víctimas, habrá quienes digan que se está metiendo en política. Lo acusarían de intervencionista.

Si evita el tema, otros dirán que vino a México, conoció las heridas del país y prefirió no hablar de ellas.

Si escucha a las madres buscadoras, habrá quienes conviertan ese encuentro en un mensaje contra el Gobierno.

Si se reúne con el Gobierno, habrá quienes lo interpreten como respaldo.

Y si habla de paz, dignidad humana, justicia, reconciliación y respeto a la vida, tampoco faltará quien lleve cada palabra al terreno de la política mexicana.

Ese es el verdadero riesgo.

No el Papa.

Nosotros.

Porque en México cualquier acontecimiento de alcance nacional puede terminar convertido en una disputa política.

Para millones de católicos la visita sería un acontecimiento de fe. La presencia del Papa en la Basílica de Guadalupe tendría un significado difícil de medir. También podría convertirse en un mensaje internacional de paz y reconciliación en un país que lo necesita.

Pero una cosa es querer que venga el Papa y otra estar preparados para recibirlo.

Y ahí está el verdadero debate.

Una visita papal no puede organizarse pensando únicamente en lo que queremos que León XIV diga.

También tenemos que estar preparados para escuchar lo que él quiera decir.

Los viajes papales tienen una finalidad pastoral, pero también producen efectos diplomáticos y políticos. El Vaticano conoce el peso de cada palabra y de cada gesto. En México tampoco somos ajenos a ello: el Gobierno sabe el valor político de recibir al jefe de la Iglesia católica y la oposición conoce el valor de cualquier fotografía a su lado.

Por eso habría que tener cuidado.

No vaya a ser que una visita pensada para hablar de paz termine convertida en otra batalla política.

No vaya a ser que la fotografía importe más que el mensaje.

No vaya a ser que todos quieran al Papa en México, pero solamente si dice lo que cada quien quiere escuchar.

La visita de León XIV, cuando ocurra, puede ser una verdadera fiesta nacional.

Pero para que lo sea, habrá que entender algo muy sencillo:

Invitar al Papa significa también aceptar que no podremos controlar lo que diga.

Y quizá esa sea la parte más difícil de la invitación.