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En la 4T la disciplina es discurso, no costumbre.

Miguel Camacho @mcamachoocampo

La semana del 9 al 13 de febrero, sin lugar a duda, la presidenta Claudia Sheinbaum querrá enterrarla y borrarla del calendario… y de la historia.

El desorden comenzó con la publicación del libro Ni venganza ni perdón, de Julio Scherer Ibarra, exconsejero jurídico de la Presidencia durante los primeros años del gobierno de López Obrador, y del periodista Jorge Fernández Menéndez. En el volumen se relatan actos “presuntamente” no del todo honestos cometidos por altos perfiles de la cúpula 4T. Un libro incómodo, de esos que no se leen en Palacio Nacional.

El caos siguió con el pleito entre la gobernadora de Campeche, Layda Sansores, y el coordinador de los diputados morenistas, Ricardo Monreal. El legislador pidió respeto a la división de poderes en la entidad. Sansores respondió como suele hacerlo: mandándolo a atender sus asuntos… porque, según ella, tenía un chiquero.

La pretendida reforma electoral tampoco ha sido un día de campo para Sheinbaum. Sus aliados —PT y PVEM— sin los cuales no sería nada, siguen sin darle el visto bueno. Están vendiendo caro su amor. El reto ha llegado a tal nivel que el coordinador del PVEM en el Senado, Manuel Velasco, levantó la mano de la senadora Ruth González Silva, esposa del gobernador de San Luis Potosí, destapándola como posible candidata al gobierno estatal. Todo esto pese a que la presidenta ha dicho en reiteradas ocasiones que no está de acuerdo con prácticas que podrían configurar nepotismo.

Pero los pulsos no solo vienen de los aliados. En casa también hay problemas. El senador Saúl Monreal insiste en reclamar sus “derechos dinásticos” para gobernar Zacatecas, pese a los llamados de la presidenta y de su propio hermano, Ricardo Monreal, para que espere. En la 4T la disciplina es discurso, no costumbre.

Para cerrar la semana llegó un despido largamente esperado: el de Marx Arriaga, hasta entonces director de Materiales Educativos de la SEP. ¿El motivo? Desobedecer a sus jefes. Se negó a modificar los libros de texto porque, según él, los cambios iban en contra del “obradorismo”.

Lejos de retirarse con dignidad, Arriaga armó un pancho monumental: soberbio, provocador, retador. Tal vez la forma en que le comunicaron el despido fue excesiva —con policías incluidos—, pero siendo sinceros, él se lo buscó. Viéndolo bien, uno podría pensar que Marx Arriaga, mártir del obradorismo, esperaba un nombramiento como secretario de Educación… no un despido. Al momento de escribir estas líneas, sigue atrincherado en su oficina de la SEP.

Cuando parecía que la semana de pesadilla ya había terminado, llegó la cereza del pastel. El domingo 15 de febrero se anunció un programa de estímulos al cine mexicano. Qué bueno, ojalá beneficie a los creadores nacionales. El detalle es que en el anuncio apareció Salma Hayek, quien será una de las beneficiadas, y aprovechó para lanzar flores a la presidenta, así como a las gobernadoras de Quintana Roo y Veracruz. El resultado: una paliza en redes sociales.

No pongo en duda los posibles beneficios del programa, pero tampoco se puede negar que anunciarlo, tras una semana para llorar, con una figura como Salma Hayek, buscaba hacer ruido. Lo lograron… aunque no del todo en sentido positivo, al menos para la actriz.

Lo verdaderamente preocupante es que ninguno de estos resbalones puede ser aprovechado para empujar cambios de fondo. ¿La razón? No hay oposición y no hay una sociedad organizada que presione. Así, los tropiezos se vuelven anécdota y no consecuencia.

EN EL TINTERO

Al cierre de esta colaboración se dio a conocer el nombramiento de Nadia López García como nueva directora de Materiales Educativos de la SEP.

Me queda una pregunta: ¿Qué le deben a Marx Arriaga que no lo han sacado de las instalaciones? En cualquier otra empresa ya habrían usado la fuerza pública.