Mientras el gobierno domina la conversación desde el amanecer —con una narrativa que es de acero frente a los hechos—, los opositores siguen en el rincón de las quejas, esperando que los errores del rival hagan el trabajo sucio por ellos.
Miguel Camacho @mcamachoocampo
En México se busca líder. No importa la edad, pero debe gozar de buena salud y tener facilidad de palabra. Es imprescindible que sea empático, con capacidad de análisis en tiempo real. Pero, sobre todo, debe tener piel muy gruesa y una trayectoria lo suficientemente limpia como para resistir los escrutinios más severos.
El párrafo anterior bien podría ser el anuncio que los partidos de oposición —y quienes no se sienten representados por la 4T— publicarían hoy en las plataformas de empleo, de cara a las elecciones de 2027.
Seamos realistas: la oposición en México hoy parece una serie de alguna de las tantas plataformas de streaming, cancelada tras la primera temporada. Hay presupuesto, hay actores conocidos, pero la trama no camina y el público ya cambió de canal. Mientras el gobierno domina la conversación desde el amanecer —con una narrativa que es de acero frente a los hechos—, los opositores siguen en el rincón de las quejas, esperando que los errores del rival hagan el trabajo sucio por ellos.
Mientras la conversación pública se entretiene con escándalos, filtraciones y pleitos internos del poder, hay una ausencia que pesa más que cualquier error oficial: no hay un líder opositor que aglutine, ordene y dispute la narrativa. En pocas palabras, que actúe como empresa de cobranza y le reclame al gobierno las deudas que tiene con la sociedad.
Un viejo operador político me dijo hace poco:
“Los gobiernos no caen por equivocarse, caen cuando alguien logra contar mejor la historia”.
Hoy, en México, esa historia no la está contando nadie. Al menos no de manera convincente.
La 4T se equivoca. Se contradice. Promete una cosa y hace otra. Centraliza el poder mientras habla de democracia. Pero sus errores no se traducen en una pérdida real de control político porque no existe una voz capaz de convertir el desgaste en alternativa.
Hay partidos. Hay figuras. Hay comunicados. Lo que no hay es liderazgo.
Lo que no hay es narrativa.
La oposición mexicana parece atrapada en una paradoja: todos quieren ser opción, pero nadie quiere asumir el costo de liderar. Nadie quiere incomodar a los suyos —decirles que se tienen que ir, que ya no sirven —, nadie quiere romper alianzas frágiles, nadie quiere decir con claridad hacia dónde iría el país si el poder cambiara de manos.
Todos cuidan su parcela de poder.
Mientras el país —el país—, bien gracias.
Lo que vemos no es una oposición articulada, sino una suma de “esfuerzos” dispersos. Aunque, para ser precisos, habría que decir: una suma de vanidades dispersas. Cada quien pelea su batalla, sin éxito. Cada quien cuida su marca, sin éxito. Cada quien reacciona al gobierno, sin éxito.
¿Por qué la cadena de fracasos?
Porque nadie —pero nadie— propone una narrativa distinta de poder. Criticar no es liderar. Señalar errores no es construir una alternativa.
La oposición ha confundido ser oposición con ser anti-4T. Y ese es un error estratégico profundo. No basta con criticar al “movimiento”; hay que disputar el sentido moral del poder, no solo su gestión administrativa.
Mientras el gobierno habla —bien o mal— de pueblo, historia, justicia y destino, la oposición habla de cifras, procedimientos y violaciones legales. Todo eso importa, sí, pero no mueve emociones ni construye esperanza.
“El gobierno ya no entusiasma, pero la oposición no enamora. Y en política, cuando nadie enamora, el poder se queda donde está”, me dijo hace unos días un analista político, mientras preparaba esta colaboración.
La narrativa oficial se sostiene hoy menos por eficacia que por ausencia de alternativa. No porque el gobierno sea invencible, sino porque no hay quien se atreva a decir: yo puedo hacerlo distinto y mejor.
Porque la democracia no solo se debilita cuando el poder se concentra, sino cuando la oposición renuncia a ejercer liderazgo real. Cuando prefiere la comodidad del cálculo a la incomodidad de la visión.
El poder se equivoca todos los días.
Lo verdaderamente grave es que, frente a esos errores, nadie esté listo para reemplazarlo.
Y mientras eso no cambie, el aviso seguirá vigente: Se busca líder.
Urgente. ¿Le interesa el trabajo?
EN EL TINTERO
El calendario sigue corriendo y la reforma electoral no aparece. No creo que la presidenta no la presente. Más bien me inclino a pensar —como muchos— que los aliados de Morena están vendiendo caro su amor.






