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Pongamos el desorden: ¿Hasta cuándo?

Pongamos el desorden: ¿Hasta cuándo?

Lo cierto es que existen muy pocas posibilidades de que el gobierno “4tero” haga algo frente a las revelaciones que involucran a personajes de alto perfil del movimiento, como Jesús Ramírez Cuevas.

Miguel Camacho @mcamachoocampo

Mentes más lúcidas que la de un servidor han señalado en los años recientes que es tal el poder que ha acumulado la 4T, que la verdadera oposición terminaría gestándose dentro del propio movimiento: una implosión. Y es que, al adueñarse de la narrativa diaria, el régimen se brindó a sí mismo el escenario perfecto para ello.

Esa implosión, o al menos un esbozo, parece comenzar a tomar forma con la publicación del libro “Ni venganza ni perdón”, de Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Menéndez, en el que el primero narra su paso por la Consejería Jurídica de la Presidencia.

Lo que se expone en el libro no proviene de una investigación opositora ni de un medio considerado “enemigo del régimen”. Viene de alguien que estuvo dentro del engranaje de la 4T, alguien que conoció al “monstruo” desde adentro. Dicho de otra manera: las afirmaciones no llegan desde fuera, sino desde el corazón mismo del movimiento.

Pero pongamos el desorden.

Si bien el libro tiene el potencial de generar una implosión justo en una de las líneas de flotación del régimen —la honestidad—, lo cierto es que existen muy pocas posibilidades de que el gobierno “4tero” haga algo frente a las revelaciones que involucran a personajes de alto perfil del movimiento, como Jesús Ramírez Cuevas.

¿Por qué digo lo anterior? Déjenme explicarles. En primer lugar, el actual régimen dinamitó cualquier contrapeso institucional que pudiera existir y reconfiguró al Estado mexicano hacia una concentración de poder sin precedentes. Lo más probable es que todo termine en una maroma monumental: el gobierno dirá que los señalados son funcionarios ejemplares, hombres y mujeres “honestos”, fieles al movimiento y víctimas de una campaña de desprestigio.

En segundo lugar, como señalé en mi colaboración “Se busca líder”, publicada el pasado 5 de febrero, del lado opositor no existe un liderazgo capaz de capitalizar los errores del gobierno. Y conviene aclararlo: no hablo de capitalizar para destruir, sino de presionar para corregir el rumbo.

Y es aquí donde me pregunto: ¿hasta cuándo?

¿Hasta cuándo seguirán las maromas para justificar lo injustificable: la corrupción, la mala gestión gubernamental, las complicidades?

¿Hasta cuándo seguiremos soportando a gobernadores como el de Sinaloa, que aseguran que todo está bien mientras su estado se desangra?

¿Hasta cuándo aguantaremos la soberbia de personajes como Layda Sansores, gobernadora de Campeche, que se creen intocables sin entender que lo que están haciendo es cavar su propia tumba política?

¿Hasta cuándo se darán cuenta de que no gobiernan para un movimiento, sino para un país?

Urge que los ciudadanos retomemos el control y que el “movimiento” entienda que debe corregir el rumbo en varios aspectos, porque —como ellos mismos coreaban en sus marchas— “el pueblo se cansa de tanta pinche transa”.

EN EL TINTERO

No sé qué espera el Senado para desaparecer poderes en Sinaloa. A estas alturas resulta evidente que ahí nada funciona bien. Basta ver los recientes secuestros de mineros y turistas en la entidad.

No se trata de administrar el caos.

Se trata de resolverlo.

Detención del alcalde de Tequila deriva de denuncias ciudadanas, afirma Sheinbaum

Detención del alcalde de Tequila deriva de denuncias ciudadanas, afirma Sheinbaum

Dijo que ningún partido político puede ni debe funcionar como escudo frente a actos de corrupción o presuntos delitos, incluyendo al movimiento al que ella pertenece. 

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, afirmó que la detención del alcalde de Tequila, Jalisco, Diego Rivera, fue consecuencia directa de múltiples denuncias ciudadanas y no de una acción con motivaciones políticas, como se ha especulado en algunos sectores.

Durante su posicionamiento, la mandataria explicó que las quejas fueron recibidas tanto por el Gabinete de Seguridad del Gobierno de México como por la Fiscalía General de la República (FGR), lo que dio pie a la apertura de una investigación formal. 

Subrayó que este tipo de procesos únicamente avanzan cuando existen elementos sólidos y pruebas documentadas que lo respalden.

Sheinbaum recalcó que ningún partido político puede ni debe funcionar como escudo frente a actos de corrupción o presuntos delitos, incluyendo al movimiento al que ella pertenece. 

Enfatizó que la afiliación partidista no otorga privilegios ni impunidad a los funcionarios públicos.

La presidenta detalló que, una vez integradas las denuncias y reunidos los elementos necesarios, corresponde a la fiscalía solicitar una orden de aprehensión ante un juez, quien finalmente determina la situación legal del acusado. Señaló que este procedimiento se ha seguido de la misma forma en otros casos registrados en distintas entidades del país.

Asimismo, reveló que ella misma tuvo conocimiento directo de denuncias ciudadanas relacionadas con la gestión del alcalde de Tequila, lo que reforzó la necesidad de que las autoridades actuaran conforme a la ley.

Finalmente, Sheinbaum sostuvo que los avances en materia de seguridad y combate a la corrupción serían imposibles si existiera complicidad entre el gobierno y grupos delictivos, y reiteró que las investigaciones actuales responden a la exigencia ciudadana de legalidad y rendición de cuentas, no a persecuciones políticas.

Sepa La Bola: Proselitismo temprano en la capital

Sepa La Bola: Proselitismo temprano en la capital

Entre los nombres que más se repiten en el corrillo político está el de Tomás Pliego Calvo, secretario de Atención y Participación Ciudadana.

Claudia Bolaños @claudiabola

Y Sepa La Bola…. pero… aún falta camino por recorrer para las próximas elecciones que definirán quién se quedará al frente del Gobierno de la Ciudad de México y, aun así, ya se siente el calor de una carrera que oficialmente no ha comenzado.

En los pasillos del poder y en las redes de poder, más de un funcionario parece haber arrancado antes de tiempo.

La propia Jefa de Gobierno Clara Brugada lo tuvo que recordar: el proselitismo con programas y recursos públicos está prohibido.

El aviso no fue menor; fue una señal de que el problema ya es visible.

Entre los nombres que más se repiten en el corrillo político está el de Tomás Pliego Calvo, secretario de Atención y Participación Ciudadana. Versiones internas aseguran que, bajo su órbita, más de 4 mil servidores públicos estarían siendo activados para impulsar su imagen personal.

Sus cercanos presumen respaldo  y repiten que las advertencias “no aplican” para su dependencia. ¿Será así?.

El argumento, dicen, es que cuentan con el visto bueno de Claudia Sheinbaum, pero en la política se pueden decir muchas cosas y no todas son ciertas.

En política, la insinuación suele pesar más que la prueba.

La mecánica descrita por quienes conocen la operación no es nueva: otorgar puestos o beneficios que deberían llegar a población vulnerable, dosificar apoyos y convertir cada trámite en una fotografía o un post.

La lógica es simple: que el ciudadano crea que todo depende de la intervención del funcionario en turno.

El riesgo, claro, es que los programas sociales pierdan su razón de ser y se conviertan en moneda de cambio político, algo que la ley electoral busca impedir precisamente para garantizar equidad.

Las redes sociales de la Secretaría de Atención y Participación Ciudadana son otro termómetro. Ahí abundan reclamos por falta de resultados, denuncias de favoritismo y preguntas sin respuesta.

En contraste, los mensajes de elogio aparecen coordinados, con cuentas que repiten consignas y defienden la gestión actual. La conversación pública se distorsiona cuando la crítica se ahoga en aplausos programados.

En la calle, la percepción también cuenta. No pasa desapercibido que un funcionario sin responsabilidades de seguridad se traslade en camioneta blindada y limite recorridos de cercanía salvo cuando la Jefa de Gobierno está presente. La foto, el video y el saludo medido parecen importar más que el contacto cotidiano con la gente. En una ciudad que presume participación, la distancia pesa.

El calendario aún corre lento. Si la capital quiere un proceso limpio, el freno debe aplicarse ahora. Porque cuando el proselitismo se disfraza de gestión, la democracia paga la factura.

Y Sepa La Bola, pero en la Cámara de Diputados no cayó nada bien la versión ofrecida por Ricardo Monreal en Querétaro, donde aseguró que ya existen acuerdos para sacar adelante la reforma electoral. La molestia no es menor, porque apenas un día antes el propio coordinador de Morena había dicho que desconocía cualquier avance en las negociaciones con el PT y el Partido Verde para respaldar la iniciativa presidencial.

El desliz contrasta además con lo dicho previamente por la presidenta Claudia Sheinbaum, quien ya había adelantado que la reforma electoral sí se presentaría este mismo mes y que existían acuerdos políticos para impulsarla. La contradicción dejó al descubierto que algo se movió rápido —y no precisamente en público— dentro del bloque oficialista.

Y es que, en los hechos, todo apunta a que los aliados de Morena le aplicaron la clásica “manita de puerco” para frenar cualquier intento de modificar el número de plurinominales, uno de los puntos que, según un sondeo del propio Gobierno federal, sería una exigencia popular. Sondeo que, por cierto, nunca se hizo público pese a la promesa presidencial y que, a juzgar por el rumbo de las negociaciones, difícilmente verá la luz.

Pongamos el desorden: Se busca líder

Pongamos el desorden: Se busca líder

Mientras el gobierno domina la conversación desde el amanecer —con una narrativa que es de acero frente a los hechos—, los opositores siguen en el rincón de las quejas, esperando que los errores del rival hagan el trabajo sucio por ellos.

Miguel Camacho @mcamachoocampo

En México se busca líder. No importa la edad, pero debe gozar de buena salud y tener facilidad de palabra. Es imprescindible que sea empático, con capacidad de análisis en tiempo real. Pero, sobre todo, debe tener piel muy gruesa y una trayectoria lo suficientemente limpia como para resistir los escrutinios más severos.

El párrafo anterior bien podría ser el anuncio que los partidos de oposición —y quienes no se sienten representados por la 4T— publicarían hoy en las plataformas de empleo, de cara a las elecciones de 2027.

Seamos realistas: la oposición en México hoy parece una serie de alguna de las tantas plataformas de streaming, cancelada tras la primera temporada. Hay presupuesto, hay actores conocidos, pero la trama no camina y el público ya cambió de canal. Mientras el gobierno domina la conversación desde el amanecer —con una narrativa que es de acero frente a los hechos—, los opositores siguen en el rincón de las quejas, esperando que los errores del rival hagan el trabajo sucio por ellos.

Mientras la conversación pública se entretiene con escándalos, filtraciones y pleitos internos del poder, hay una ausencia que pesa más que cualquier error oficial: no hay un líder opositor que aglutine, ordene y dispute la narrativa. En pocas palabras, que actúe como empresa de cobranza y le reclame al gobierno las deudas que tiene con la sociedad.

Un viejo operador político me dijo hace poco:

“Los gobiernos no caen por equivocarse, caen cuando alguien logra contar mejor la historia”.

Hoy, en México, esa historia no la está contando nadie. Al menos no de manera convincente.

La 4T se equivoca. Se contradice. Promete una cosa y hace otra. Centraliza el poder mientras habla de democracia. Pero sus errores no se traducen en una pérdida real de control político porque no existe una voz capaz de convertir el desgaste en alternativa.

Hay partidos. Hay figuras. Hay comunicados. Lo que no hay es liderazgo.

Lo que no hay es narrativa.

La oposición mexicana parece atrapada en una paradoja: todos quieren ser opción, pero nadie quiere asumir el costo de liderar. Nadie quiere incomodar a los suyos —decirles que se tienen que ir, que ya no sirven —, nadie quiere romper alianzas frágiles, nadie quiere decir con claridad hacia dónde iría el país si el poder cambiara de manos.

Todos cuidan su parcela de poder.

Mientras el país —el país—, bien gracias.

Lo que vemos no es una oposición articulada, sino una suma de “esfuerzos” dispersos. Aunque, para ser precisos, habría que decir: una suma de vanidades dispersas. Cada quien pelea su batalla, sin éxito. Cada quien cuida su marca, sin éxito. Cada quien reacciona al gobierno, sin éxito.

¿Por qué la cadena de fracasos?

Porque nadie —pero nadie— propone una narrativa distinta de poder.  Criticar no es liderar. Señalar errores no es construir una alternativa.

La oposición ha confundido ser oposición con ser anti-4T. Y ese es un error estratégico profundo. No basta con criticar al “movimiento”; hay que disputar el sentido moral del poder, no solo su gestión administrativa.

Mientras el gobierno habla —bien o mal— de pueblo, historia, justicia y destino, la oposición habla de cifras, procedimientos y violaciones legales. Todo eso importa, sí, pero no mueve emociones ni construye esperanza.

“El gobierno ya no entusiasma, pero la oposición no enamora. Y en política, cuando nadie enamora, el poder se queda donde está”, me dijo hace unos días un analista político, mientras preparaba esta colaboración.

La narrativa oficial se sostiene hoy menos por eficacia que por ausencia de alternativa. No porque el gobierno sea invencible, sino porque no hay quien se atreva a decir: yo puedo hacerlo distinto y mejor.

Porque la democracia no solo se debilita cuando el poder se concentra, sino cuando la oposición renuncia a ejercer liderazgo real. Cuando prefiere la comodidad del cálculo a la incomodidad de la visión.

El poder se equivoca todos los días.

Lo verdaderamente grave es que, frente a esos errores, nadie esté listo para reemplazarlo.

Y mientras eso no cambie, el aviso seguirá vigente: Se busca líder.

Urgente. ¿Le interesa el trabajo?

EN EL TINTERO

El calendario sigue corriendo y la reforma electoral no aparece. No creo que la presidenta no la presente. Más bien me inclino a pensar —como muchos— que los aliados de Morena están vendiendo caro su amor.

Pongamos el desorden: La droga del poder

Pongamos el desorden: La droga del poder

AMLO concentró poder mediante reformas legales, control narrativo y debilitamiento de órganos autónomos, pero sin clausurar por completo el juego electoral ni eliminar a la oposición.

Miguel Camacho @mcamachoocampo

Desde la llegada de la 4T al poder, en 2018, se ha hablado mucho de que México se acerca a un régimen totalitario, incluso a una dictadura. No han faltado las comparaciones con los gobiernos de Nicaragua, Venezuela o Cuba.

Pero conviene ser claros. Estos liderazgos, más que imponerse por la fuerza bruta, llegan y se consolidan gracias a una coyuntura perfecta: cuando el enojo social, la desconfianza en las instituciones y el hartazgo con “los de siempre” se alinean en un momento histórico. En ese instante, el poder no se arrebata: la sociedad lo ofrece como salvación colectiva.

Hugo Chávez canalizó el resentimiento acumulado y lo convirtió en votos masivos. Fidel Castro leyó la humillación nacional como gasolina política. Daniel Ortega recicló la revolución en patrimonio familiar. Nicolás Maduro heredó el sistema y lo defendió con represión abierta y miedo institucionalizado. Donald Trump transformó el agravio cultural en una identidad política vibrante y disruptiva. Andrés Manuel López Obrador hizo del hartazgo moral una narrativa permanente que permeó el imaginario colectivo.

No son iguales. Ninguno de los líderes mencionados proviene del mismo origen ideológico ni gobierna o gobernó con el mismo nivel de brutalidad o deterioro institucional. Maduro y Ortega cruzaron líneas de autoritarismo explícito —elecciones ampliamente cuestionadas, presos políticos en masa, represión violenta— que Trump o AMLO no replicaron en igual escala.

Trump operó y opera dentro de un sistema de contrapesos que resistió sus embates más extremos; AMLO concentró poder mediante reformas legales, control narrativo y debilitamiento de órganos autónomos, pero sin clausurar por completo el juego electoral ni eliminar a la oposición.

Sin embargo, en su forma de actuar hay un parecido inquietante: todos detectan una herida real —desigualdad, corrupción, exclusión, captura elitista— y se presentan como el único antídoto posible.

Ahí el poder deja de ser un encargo temporal y se convierte en identidad personal.

El historiador inglés Lord Acton lo advirtió hace más de un siglo, cuando no había ni redes sociales ni polarización digital:  “ el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente.” La frase aparece en una carta de 1887 y vale la pena recordarla, porque no habla de izquierdas ni de derechas, sino de una tentación humana universal.

George Orwell fue todavía más crudo. En sus ensayos —y de forma brutal en “1984”— insistió en que el poder no es un medio; es un fin. Cuando gobernar deja de ser servicio y se convierte en necesidad vital del líder, la democracia no cae de golpe: se acostumbra a la erosión lenta.

Ninguno de estos proyectos clausuró la democracia con tanques en la calle. La adelgazaron poco a poco. Desprestigiaron a la prensa cuando criticaba. Cuestionaron a los jueces cuando estorbaban. Etiquetaron la disidencia como traición o conspiración. Ajustaron reglas electorales “por el bien del pueblo”. Todo fue legal. Todo se justificó con encuestas o mayorías. Todo fue gradual.

Hitler suele invocarse como ejemplo extremo que muchos prefieren evitar. No porque todos los caminos lleven inevitablemente a él, sino porque su ascenso fue democrático en sus primeras etapas: supo leer una coyuntura de humillación nacional, crisis económica y desprestigio institucional. Recordarlo no es comparar; es recordar cómo empiezan las cosas, no cómo terminan.

Bertolt Brecht lo dejó escrito en El ascenso resistible de Arturo Ui: “el vientre que parió a la bestia sigue siendo fértil”. No hablaba solo de la Alemania de los años treinta, sino de cualquier sociedad dispuesta a ceder libertades a cambio de orden, identidad o la promesa de que “al menos alguien gobierna de verdad”.

Seamos honestos: el problema mayor no es solo el líder que concentra poder. Es la sociedad que lo normaliza. La que dice “sí, exagera, pero antes estábamos peor”. La que perdona excesos porque “al menos hay resultados” —o programas sociales—. La que confunde fuerza con carácter y silencio con estabilidad.

El poder no siempre se sostiene con miedo. A veces lo hace con símbolos, relatos épicos y la sensación de pertenencia a algo grande: la 4T, MAGA, la revolución bolivariana.

La historia no se repite exactamente, pero rima. Y cuando las rimas empiezan a sonar demasiado familiares —coyuntura, herida, líder único, erosión gradual y normalización social—, ignorarlas no es prudencia. Es complicidad silenciosa.

El poder no siempre se roba.

A veces se entrega.

Y cuando se convierte en droga, no basta con cambiar al “dealer” en las próximas elecciones. Hay que desintoxicarse como sociedad. Reconstruir una desconfianza sana frente a cualquier concentración indefinida de poder. Recordar que ningún líder, por carismático o “necesario” que parezca, es irreemplazable. Y que la democracia no sobrevive por inercia: sobrevive porque la defendemos todos los días, no solo cada seis años.